El sol de la mañana irrumpió en el pasillo del piso cincuenta, una luz cruda y sin piedad que iluminaba la escena de la derrota.
Ricardo seguía allí.
Se había puesto de pie en algún momento de la madrugada, su cuerpo moviéndose por puro instinto de supervivencia.
Ahora estaba apoyado contra la pared, su camisa arrugada todavía húmeda, su cabello revuelto.
La barba de un día le sombreaba la mandíbula.
Parecía un fantasma, una versión rota del hombre que había sido.
Cada vez que un elevador se detenía en el piso, se tensaba.
Cada vez que un miembro del personal pasaba, bajaba la mirada.
La humillación era un veneno que se había bebido durante toda la noche.
Y seguía esperando.
A las nueve en punto de la mañana, exactamente, sonó un clic.
No fue el sonido de un ascensor.
Fue el sonido del cerrojo de la puerta del penthouse al abrirse.
El corazón de Ricardo dio un vuelco doloroso.
Se enderezó, apartándose de la pared, su cuerpo torpe por el agotamiento.
La puerta se abrió.
Y ella salió.
No era la mujer que él esperaba. No era la joven herida, la víctima temblorosa.
La mujer que salió de esa puerta era una extraña.
Alejandra vestía un traje sastre de lino de color hueso, perfectamente entallado.
Su cabello estaba recogido en una coleta baja y pulcra, cada hebra en su lugar.
Su maquillaje era sutil, profesional, acentuando la determinación en sus ojos y la firmeza de sus labios.
No parecía alguien que hubiera pasado la noche encerrada.
Parecía alguien que acababa de salir de una reunión de la junta directiva donde había despedido a todos.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...