El sol de la mañana inundaba el penthouse, el tipo de luz brillante y alegre que se usa en los anuncios de café.
Hacía que el objeto sobre la mesa de centro pareciera aún más grotesco.
Ricardo no había dormido.
Se había duchado, se había afeitado y se había puesto un traje.
Luego, había vuelto al vestidor, había recuperado la caja y había colocado su contenido sobre la impecable superficie de mármol negro.
El vientre de silicona.
Allí estaba, en el centro de la sala de estar, como una ofrenda bizarra, bañado por la luz del sol.
Esperó.
Poco después de las ocho, Natalia salió de la habitación.
Llevaba una bata de seda y una sonrisa radiante. Se estiró lánguidamente.
—Buenos días, mi amor —dijo, su voz era un ronroneo—. Dormí como un bebé. O bueno, como dos bebés.
Caminó hacia la cocina, esperando que el café ya estuviera listo.
No vio el objeto en la mesa.
Ricardo no respondió. Permaneció de pie junto al ventanal, de espaldas a ella, observando la ciudad.
El silencio fue lo que la alertó.
Se detuvo. Se giró lentamente.
Y lo vio.
Su sonrisa se congeló.
Se quedó completamente inmóvil, a medio camino entre el pasillo y la cocina.
El color desapareció de su rostro con una rapidez violenta, como si alguien hubiera abierto un desagüe en sus venas.
Sus ojos, antes somnolientos y felices, ahora estaban muy abiertos, fijos en el objeto de silicona sobre la mesa.
Dos pozos de puro y absoluto terror.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...