Desde la oscuridad climatizada de la zona VIP, Ricardo Estevez observaba la escena en los monitores de alta definición. No se movía. No respiraba. Era una estatua de traje caro, presenciando el despliegue de una estrategia que él mismo debería haber admirado.
Vio la foto componerse en tiempo real. La santa, el bufón y la villana.
Una parte de él, la parte del CEO, la parte del heredero del imperio Estevez, sintió una inmensa y abrumadora oleada de alivio. El desastre había sido contenido. Natalia, con un solo movimiento, había realizado un milagro de relaciones públicas. Había tomado el escándalo del plagio, la humillación de la alberca, los rumores, y los había aniquilado con un acto de falsa generosidad tan brillante que era casi arte. Había neutralizado a Alejandra, convirtiéndola de una amenaza formidable en un objeto de lástima y desprecio. Había salvado la cara. Había salvado la boda. Había salvado el nombre de la familia. Desde un punto de vista estratégico, era una jugada brillante, impecable. Debería estar celebrando. Debería estar llamando a su abuelo para informarle que la crisis había terminado.
Pero no lo hizo.
Porque otra parte de él, una parte más profunda, más honesta, que había estado luchando por salir a la superficie durante semanas, sentía náuseas.
La duda sobre el incidente de la alberca seguía ahí. La lógica simple y brutal del jefe de seguridad: "La persona que no sabe nadar rara vez es la que inicia una pelea en el borde de una alberca". Esa frase se había convertido en una espina clavada en su mente, una verdad incómoda que se negaba a desaparecer.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...