El sol de la tarde se reflejaba en el fuselaje pulido de un jet privado mientras descendía con una suavidad depredadora hacia una pista del aeropuerto de Toluca. Las ruedas tocaron el asfalto con apenas un susurro, una llegada tan discreta como poderosa. Para la mayoría del mundo, era solo otro avión. Para un círculo muy reducido y muy rico, era el regreso de un jugador importante.
Cuando la puerta se abrió, el aire de la Ciudad de México, denso y contaminado, entró en la cabina presurizada. Adrián Morales descendió por la escalerilla. No parecía un hombre que acabara de cruzar el Atlántico. Su traje Tom Ford, de un gris marengo impecable, no tenía una sola arruga. Su cabello oscuro estaba perfectamente peinado, y su rostro, el de un cirujano plástico acostumbrado a la perfección, era una máscara de calma y control.
Un asistente, nervioso y sudoroso a pesar del clima templado, lo esperaba al pie de la escalera.
—Señor Morales. Bienvenido de vuelta.
Adrián no respondió. Simplemente extendió una mano. El asistente, entendiendo la orden no verbal, le entregó una tablet.
—El resumen que pidió, señor. Los eventos más relevantes de las últimas semanas.
Mientras caminaban hacia un sedán negro que esperaba con el motor en marcha, Adrián comenzó a leer. Su rostro no traicionaba ninguna emoción mientras sus ojos escaneaban los titulares.
El fiasco de la gala del Soumaya. La humillación pública de Mateo Rojas. El vergonzoso escándalo del plagio del "Mole Negro Emperatriz". Y el más reciente, la explosión viral de #LadySabotaje, con la subsecuente caída en desgracia de Sofía Estevez.
Vio un nombre que se repetía, un hilo conductor que unía todos los desastres: Natalia Fuentes. Su nombre, asociado a la derrota, a la humillación, al ridículo.
Y luego, vio el otro nombre. El que aparecía siempre del lado de la victoria.
Alejandra Robles.
Una foto de ella en el mercado de Coyoacán, sonriendo, rodeada de una multitud que la aclamaba.
Adrián se detuvo justo antes de llegar al coche. El asistente se detuvo con él, conteniendo la respiración.
La calma en el rostro de Adrián se resquebrajó. No fue un gesto grandilocuente. Fue algo mucho más aterrador. Un simple endurecimiento de su mandíbula. Un destello frío y oscuro en sus ojos, como el reflejo del hielo.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...