La noche de la gala llegó envuelta en una atmósfera de poder palpable. El Castillo de Chapultepec, normalmente un monumento a la historia, se había transformado en un templo para la élite de México. Las luces bañaban sus muros de piedra, proyectando sombras dramáticas sobre los jardines centenarios. Una alfombra roja, tan larga como las ambiciones de los invitados, se extendía desde la entrada, flanqueada por un ejército de fotógrafos y periodistas.
La llegada de la familia Estevez fue el clímax de la procesión. Salieron de una caravana de autos negros blindados, una falange de poder y privilegio. Don Guillermo, el patriarca, caminaba al frente, su rostro era una máscara de severa dignidad. A su lado, Ricardo, impecable en un esmoquin a medida, con una sonrisa tensa y profesional. Y del brazo de Ricardo, Natalia Fuentes, la estrella de la noche.
Natalia estaba radiante. Llevaba un vestido rojo sangre de un diseñador francés, cubierto de diamantes que competían con los flashes de las cámaras. Su mano, con el enorme anillo de compromiso, descansaba sobre su vientre en un gesto protector y deliberado que no pasó desapercibido. Era la imagen de la futura matriarca, la portadora del heredero. Acaparaba los flashes, respondía a las preguntas de los reporteros con una gracia ensayada, interpretando su papel a la perfección.
Y luego, un paso detrás de ellos, como una dama de compañía o una pariente lejana, venía Alejandra.
Llevaba el vestido beige pálido que Ricardo le había dado. La prenda, aunque cara, la hacía parecer desvaída, casi invisible junto al vibrante espectáculo de Natalia. Su cabello estaba recogido en un moño sencillo. Su maquillaje era mínimo. Su expresión era serena, sumisa. Era la imagen de la obediencia. Posó para las fotos familiares cuando se lo indicaron, con una sonrisa dócil, y luego se mantuvo en un segundo plano mientras Ricardo y Natalia acaparaban la atención.
Para el mundo, y especialmente para Ricardo, el plan estaba funcionando a la perfección. La imagen que proyectaban era exactamente la que Don Guillermo había ordenado: la de una familia unida, con sus jerarquías claras y sus problemas barridos bajo la alfombra más cara que el dinero podía comprar.
Una vez dentro, el gran salón del castillo era un mar de joyas, seda y susurros. Orquestas tocaban en balcones, y camareros con guantes blancos se deslizaban entre los invitados con bandejas de champán.
Natalia fue inmediatamente rodeada por un círculo de admiradores. Ricardo se vio arrastrado a una conversación con un ministro del gobierno. Era el momento que Alejandra había estado esperando.
Con la discreción de una sombra, se deslizó entre la multitud. Nadie le prestó atención. Era la chica del vestido beige, la pieza de fondo en el gran teatro de los Estevez.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...