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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 980

La angustia de Marisa se transformó en una cálida ternura. Extendió la mano y le alborotó el cabello de forma juguetona.

—Tontito. De ahora en adelante, te darás cuenta de que hay mucha gente dispuesta a quererte.

El muchacho se derrumbó y apoyó la cabeza en el hombro de Marisa, dejando escapar sollozos rotos; un desahogo desesperado por todas las penurias que había enfrentado.

—Quítate esa idea de que no mereces que te traten bien —le susurró Marisa, dándole unas suaves palmadas en la espalda—. Tienes un talento increíble, eres brillante. Te mereces todo lo bueno que te está pasando.

Abrazando al chico que temblaba contra su hombro, Marisa se sintió inmensamente reconfortada. Para ella, extenderle la mano a alguien que estaba atrapado en la miseria era un acto que llenaba su propia vida de propósito.

En el primer piso de Galerías Clarosol, no había mucha clientela a esa hora.

Por eso, Rubén pudo reconocer de inmediato aquella silueta familiar desde la distancia.

Se detuvo en seco. José, su asistente que iba justo detrás, notó el repentino cambio en la atmósfera y siguió la dirección de la mirada de su jefe. Al ver la escena, también se quedó pasmado.

Era la señorita Páez. Y estaba siendo abrazada muy íntimamente por otro hombre.

José no salía de su asombro. Aunque sabían del divorcio, para todo su círculo cercano era obvio que ninguno de los dos había superado al otro.

Pero verla en esa situación de tanta confianza con otro... ¿acaso significaba que el capítulo entre ella y el señor Olmo estaba definitivamente cerrado?

Armándose de valor, José preguntó con prudencia:

—Señor Olmo, ¿quiere que nos acerquemos?

Rubén negó con la cabeza en un frío silencio y se dio la media vuelta, caminando en dirección opuesta.

Desde que subió al auto, su rostro fue una máscara sombría e impenetrable.

José apenas se atrevía a respirar. Su deber era recordarle la agenda de la tarde, pero viendo la tormenta en el rostro de su jefe, prefirió tragarse las palabras.

Sin atreverse a romper el silencio, dejó que Rubén asimilara el impacto a su manera.

Solo cuando la expresión de Rubén pareció destensarse un poco, José miró por el retrovisor e insinuó con voz muy baja:

—Señor Olmo, respecto a la reunión de esta tarde... ¿Qué opina si...?

Con el ceño bajo y los labios apretados, Rubén replicó sin levantar la vista.

—¿Qué pasa con la reunión?

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