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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 810

Marisa miró la mano extendida de Rubén con el ceño fruncido, y luego levantó la mirada hacia él, con una ceja alzada, como preguntando en silencio qué diablos estaba haciendo.

Rubén bajó la voz, casi en un susurro.

—Si vamos a fingir, hay que hacerlo bien, ¿no crees? Claro que, si prefieres que tus papás nos vean distanciados, a mí no me molesta en absoluto.

Al escuchar eso, a Marisa no le quedó de otra que tomar su mano, aunque a regañadientes.

Sentir los dedos de Rubén entrelazados con los suyos le provocó un espejismo de intimidad, una calidez que la desarmaba.

Levantó la vista y vio las sonrisas de alivio y satisfacción en los rostros de sus padres. Su mano seguía firmemente sujeta a la de él, y por un microsegundo, sintió que todo volvía a ser como antes.

Pero una ráfaga de viento la golpeó, aterrizando sus pensamientos de golpe.

Bajó la mirada y sonrió con amargura. *¿En qué momento me creí mi propia mentira?*

Al verla sonreír, Rubén se inclinó y le susurró al oído:

—¿De qué te ríes?

El aliento cálido rozando su piel la hizo estremecer. Su primer instinto fue apartarse, poner distancia, pero al alzar la vista se topó con las miradas emocionadas de Víctor y Yolanda. No le quedó más remedio que inclinarse ella también, bajando la voz al mínimo.

—De nada. Y no te me acerques tanto para hablar.

Rubén se inclinó un milímetro más, dudó un segundo y murmuró:

—De acuerdo.

Víctor y Yolanda se acercaron con entusiasmo. Yolanda fue directo a tomar la mano libre de su hija.

—Mi niña, no tienes idea de lo preocupada que estaba. Pensé que estaban teniendo problemas, pero verlos llegar juntos y tan enamorados... Ay, por fin puedo respirar tranquila.

Víctor también sonreía de oreja a oreja.

—Es que tu mamá se ahoga en un vaso de agua. Yo se lo dije. Le dije que un hombre de la talla de Rubén jamás traicionaría a nuestra hija. Esos chismes de la prensa solo son inventos para vender.

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