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El despertar del Dragón (Jaime Casas) romance Capítulo 6751

Jaime no respondió.

Su mirada se posó al frente, donde unas sombras imprecisas se alzaban entre la niebla.

Eran deformes e irregulares, semejantes a árboles muertos o quizá a ruinas de edificios derrumbados.

—¿Hay alguien ahí? —llamó el maestro Veridiano con cautela.

Su voz se propagó por aquella extensión gris, cada vez más lejos, pero no regresó ningún eco.

Algo apenas perceptible vibró bajo las botas de Jaime.

Al principio era un leve pulso rítmico, semejante a un latido. Luego se intensificó, ascendió desde las plantas de sus pies, pasó por sus rodillas y recorrió su columna hasta la coronilla. Era como si el propio espacio fuera una criatura viva que respiraba.

—Hemos llamado su atención.

Jaime mantuvo la voz baja. —Sea lo que sea, sabe que entramos.

Siguieron avanzando. La niebla gris se cerró despacio detrás de ellos, sin dejar señal de haber sido perturbada.

Después de caminar cerca de media hora, llegaron a un claro abierto.

Incontables objetos blancos estaban dispersos por el lugar. Al principio Jaime los tomó por piedras, pero al acercarse vio que eran huesos.

Alfombraban el suelo negro, algunos intactos y otros destrozados, desechados con el mismo descuido que la basura.

Algunos esqueletos parecían tener varios miles de años, con los huesos erosionados y ennegrecidos.

Otros estaban bastante enteros y aún conservaban jirones de ropa adheridos.

Jaime se agachó junto a un esqueleto bien conservado cerca de sus pies y lo examinó con atención.

Un agujero perfectamente circular le atravesaba el pecho. Los bordes eran lisos como cristal, como si una descarga de calor intenso lo hubiera perforado en un instante.

Una sustancia marrón oscura cubría el interior de la abertura. Se había calcificado por completo, haciendo imposible identificar su forma original.

—¿Estas son... todas las personas enviadas como sacrificio? —La voz de Gywen tembló un poco.

Jaime asintió. —Y los miembros de aquellas expediciones. Todos murieron aquí.

El maestro Veridiano se agachó junto a otros restos y extendió la mano para tocar aquel esqueleto bastante entero.

En cuanto la punta de su dedo tocó el cráneo, se oyó un pequeño crujido y apareció una grieta en el hueso.

Luego todo el esqueleto se desmoronó como arena y se convirtió en un montículo de polvo blanco. Una ceniza fina se elevó y no quedó ni un solo hueso entero.

El maestro Veridiano retiró la mano de golpe, como si se hubiera quemado. —¡Carajo! ¿Esta cosa se deshace con solo tocarla?

Los huesos cubrían el suelo negro como ramas secas abandonadas.

Jaime volvió a agacharse y examinó varios esqueletos más. Todos tenían el mismo agujero circular en el pecho, con bordes lisos como un espejo, como si una fuerza controlada a la perfección los hubiera atravesado de un solo golpe.

Cada abertura estaba en el mismo punto, justo sobre el centro del corazón. Aquella precisión era casi inconcebible.

—No se limitaron a devorarlos... —dijo Jaime en voz baja—. Los mataron. Un golpe para cada uno.

Gywen recorrió los huesos con una mirada fría y grave. —Si eran sacrificios, ¿por qué matarlos primero?

—El sacrificio era su alma, no su cuerpo.

Jaime se levantó y miró hacia lo más profundo de la niebla. —Esa cosa solo quería sus almas. Sus cuerpos no tenían valor para ella.

El maestro Veridiano se frotó los brazos erizados y bajó la voz. —Señor Casas. Deberíamos irnos mientras podamos... Cuanto más miro este lugar, peor me siento.

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