De la grieta no salía luz alguna.
Era negra como tinta solidificada, y al plantarse frente a ella, Jaime sentía una leve corriente de aire que brotaba del interior y traía consigo una presencia indescriptible.
La primera vez que la vio, un cultivador del Clan Fantasma se acercó por casualidad. Sin detenerse ni dudar, el hombre entró.
La oscuridad se tragó su figura y desapareció en un instante, sin emitir sonido ni dejar rastro.
Jaime esperó, pero no hubo movimiento en el interior y el cultivador no regresó.
Desde entonces, vigiló la grieta con más atención.
Durante los días siguientes llegaron más cultivadores del Clan Fantasma y entraron en ella. Ninguno volvió a salir.
La mayoría no mostraba emoción alguna al entrar. Sus pasos eran firmes, sin miedo ni expectación, como si cumplieran el más cotidiano de los deberes.
—¿Será algún tipo de formación de teletransporte? —se preguntó Jaime en voz alta.
Sin embargo, aquello no parecía encajar.
Una formación de teletransporte solía producir fluctuaciones espirituales. Los sellos se iluminaban y el espacio mostraba signos de distorsión.
La grieta no reaccionaba en absoluto. Se limitaba a permanecer allí, tan silenciosa como cualquier hendidura en la roca, mientras se tragaba una vida tras otra.
Jaime decidió preguntarle a Fantasma Siete cuando surgiera la ocasión.
Pero antes de hacerlo, presenció algo con sus propios ojos.
Sucedió una tarde, si es que en el Abismo de Gehena algo podía llamarse tarde.
El resplandor rojo oscuro de los minerales teñía todo el acantilado con una luz de crepúsculo.
Jaime estaba al borde de un puente de cuerda, observando la energía de Gehena agitarse en el abismo, cuando oyó un alboroto repentino a lo lejos.
Se volvió y vio a varios cultivadores del Clan Fantasma escoltando a un prisionero hacia la grieta.
El cautivo era joven y pálido. Forcejeaba con violencia para escapar, pero varios cultivadores mucho más corpulentos lo sujetaban con firmeza.
—¡Suéltenme! ¡No voy a entrar ahí! ¡No quiero morir!
Sus gritos roncos y desesperados resonaban en la penumbra. —¡Todavía me queda mucho por vivir! ¿Por qué tengo que ser yo?
—Cállate —dijo con frialdad un anciano de la escolta.
—Esta ha sido nuestra ley durante generaciones. Te llegó el turno, y por mucho que te resistas, no vas a cambiarlo.
—¿Cómo que me llegó el turno? ¡No hice nada malo! ¡No quiero ser sacrificado!
Aquella palabra: sacrificio.
El cuerpo de Jaime se tensó un poco.
La palabra se le clavó como una aguja.
Arrastraron al joven cultivador hasta la grieta.
Él luchó con desesperación por retroceder.
Sus uñas rasparon la roca con un chirrido agudo y dejaron varias marcas blancas, pero los dos cultivadores que lo sujetaban por los hombros no lo soltaron.
El anciano de la escolta se plantó frente a él y lo miró a los ojos, con una voz tan serena que resultaba cruel. —No tengas miedo. Una vez dentro, todo terminará rápido.
—No, yo no voy a...
La protesta del joven quedó inconclusa.
El anciano lo empujó con violencia. El muchacho trastabilló hacia la grieta y desapareció sin dejar rastro, consumido por la oscuridad.
La abertura permaneció en silencio. El ruido de su forcejeo y el eco de sus gritos cesaron en el instante en que desapareció.
Los escoltas se quedaron un momento frente a la grieta y luego se dieron la vuelta y se marcharon.
Nadie habló ni miró atrás. Sus rostros mostraban una calma casi insensible, como si hubieran cumplido una tarea rutinaria.
Desde el puente de cuerda, Jaime los observó alejarse. Emociones encontradas cruzaban sus ojos violetas bajo la luz roja oscura.
El significado era inequívoco: un sacrificio.
La grieta.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El despertar del Dragón (Jaime Casas)
Inclusive tirei prints, enviei e o suporte sequer responde....
A partir do capítulo 4000, aparece para desbloquear por 9 moedas, confiram porque estão cobrando 34 moedas por capítulo, absurdo, estão roubando, desconfiei e comecei a contar as moedas....