—¡Maldita sea!
El Gran Anciano Verdusco apretó los dientes.
La luz dorada estalló de su cuerpo, tratando de expulsarlos a ambos.
Sí logró empujar a Jaime y Cielo hacia atrás.
Pero antes de que pudiera siquiera tomar un respiro, Jaime ya cargaba de nuevo.
La figura gris era como una cucaracha que se negaba a morir.
Una y otra vez, volvía a levantarse.
Una y otra vez, cargaba hacia delante.
Como si en su vida ya no existiera nada salvo la batalla.
—Viejo sinvergüenza, ¿a dónde se fue toda esa arrogancia?
La voz de Jaime estaba áspera por la sangre, pero aún llena de burla. El fuego de sus ojos violetas parecía casi enloquecido.
—¿No ibas a aplastarme con una mano? Vamos. Hazlo.
El rostro del Gran Anciano Verdusco se puso lívido.
—Te estás buscando problemas.
Una huella de palma dorada descendió de nuevo, apuntando directo a la cabeza de Jaime.
La fuerza que contenía podía haber aplanado una montaña pequeña.
Pero esta vez Jaime no bloqueó.
Su cuerpo destelló.
La semilla de la ley espacial lo llevó decenas de metros lejos en un instante.
La palma golpeó el hielo vacío y dejó detrás un enorme cráter con forma de mano.
Cielo aprovechó aquella abertura.
Atacó desde el costado.
El fuego azul negruzco se afiló hasta formar una hoja ardiente y atravesó la breve debilidad del escudo divino de Verdusco, una debilidad creada por el propio estallido de poder del anciano.
La llama se hundió en su hombro como una serpiente venenosa.
Quemó.
Se extendió.
Se hundió más.
Una herida carbonizada se abrió por su hombro, y en los bordes asomó hueso ennegrecido.
—¡Ah!
El Gran Anciano Verdusco soltó un grito de agonía.
La sangre dorada brotó de la herida y salpicó el hielo como flores en plena floración.
Su cuerpo se tensó.
Durante un instante, la barrera dorada a su alrededor se detuvo.
—Ahora.
La voz de Cielo siguió tranquila, pero por fin un brillo agudo cruzó por sus ojos.
La comisura de sus labios se elevó.
Fue su primera sonrisa de la batalla.
Fría.
Letal.
Jaime cargó otra vez.
La Espada Matadragones salió disparada como una tormenta.
Cada estocada llevaba el peso destructivo de la fuerza caótica. Cada golpe apuntaba a la herida de Verdusco o a otro punto vital.
No hubo pausa.
No hubo vacilación.
Cada espada llevaba toda su fuerza.
Las llamas de Cielo siguieron justo detrás, sellando cada ruta que Verdusco podía usar para esquivar, rodeándolo como serpientes de fuego a una presa atrapada.
El Gran Anciano Verdusco por fin comenzó a ceder.
Bajo el asalto incansable de los dos hombres, su barrera dorada se hizo añicos con un estruendo, como vidrio destrozado por un martillo.
Fragmentos dorados volaron hacia afuera y se disolvieron en chispas que se apagaban.
La llama azul negruzca de Cielo se vertió en su cuerpo como una inundación.
Quemó sus meridianos.
Chamuscó su campo de elixires.
Evaporó su poder espiritual.
La espada de Jaime llegó justo después.
La luz violeta atravesó el pecho de Verdusco y le destrozó el corazón junto con los meridianos.
El Gran Anciano Verdusco se quedó inmóvil.
La luz de sus ojos se apagó con rapidez, como una vela extinguida por el viento.
Sus labios se movieron varias veces.
La sangre dorada se derramó de su boca.
Quería hablar.
Pero no salió ni una palabra.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El despertar del Dragón (Jaime Casas)
Inclusive tirei prints, enviei e o suporte sequer responde....
A partir do capítulo 4000, aparece para desbloquear por 9 moedas, confiram porque estão cobrando 34 moedas por capítulo, absurdo, estão roubando, desconfiei e comecei a contar as moedas....