"Humano…"
Su voz grave y resonante se extendió por la cueva. "Irrumpiste en Bahía Dragón y robaste la Reliquia Soberana Draconiana. ¿De verdad entiendes el peso de lo que hiciste?"
Apenas se apagó la última sílaba, una presión aplastante barrió el lugar, como si el cielo se desplomara.
La fuerza bastaba para arrodillar en el acto a un cultivador del Reino del Inmortal Supremo de Nivel Nueve.
Jaime no se movió ni un ápice.
Levantó el mentón y sostuvo de frente aquellas pupilas doradas, con la mirada firme:
"¿Crimen? ¿Y cuál se supone que es el crimen?"
Un destello tenue cruzó los ojos del dragón.
¿Ese humano seguía en pie bajo un poder dracónico tan puro?
"Humano, tienes agallas."
La voz profunda continuó. "Pero tenlo claro: esta es la Zona Prohibida Draconiana. Cualquiera que no tenga Linaje Draconiano, muere."
Abrió las fauces de par en par, reuniendo entre los colmillos relucientes un rayo de aliento dracónico dorado.
Jaime soltó una carcajada.
"¿Que los que no tienen Linaje Draconiano mueren?"
Lo miró de arriba abajo, con la comisura de los labios curvada en una mueca burlona. "Entonces mírame bien… ¿yo cuento como Linaje Draconiano o no?"
Las palabras todavía flotaban en el aire cuando el poder le estalló en las venas.
Detrás de él irrumpió la silueta fantasmal de un Dragón Dorado de Cinco Garras.
La imagen resplandecía en oro puro: cinco garras afiladas como navajas, cuernos erguidos con orgullo y unos ojos que parpadeaban con una autoridad tan honda como el océano.
El fantasma echó la cabeza hacia atrás y rugió; el estruendo azotó la cueva como una marea desbocada.
El aura del propio dragón se hizo añicos al instante bajo aquel rugido.
"¡¿D-Dragón Dorado de Cinco Garras?!"
Sus pupilas se encogieron hasta volverse puntos; aquellos ojos inmensos se clavaron, rígidos, en la visión.
Miró sin pestañear al fantasma detrás de Jaime, y su enorme cuerpo empezó a temblar.
De sus fauces se le escapó un susurro quebrado. "Imposible… esto no puede estar pasando…."
Sin dejar de murmurar, añadió: "El Dragón Dorado de Cinco Garras está en la cima absoluta de nuestra raza. Ese linaje desapareció hace diez mil años… ¿cómo es que tú….?"
Jaime retiró el fantasma dorado y miró a la bestia con frialdad. "Entonces… ¿todavía crees que soy solo un humano?"
El gran dragón no respondió.
El tiempo se alargó, hasta que por fin volvió a hablar. El peso de hierro que antes cargaba su voz se había disipado; las palabras le salieron bajas, medidas, cautelosas:
"Tú… ¿eres el Sucesor del Linaje Soberano del Dragón?"
Jaime dejó la pregunta suspendida. "¿Y tú? ¿Quién eres, y por qué estás aquí dentro de Bahía Dragón?"
Tras una pausa, el dragón contestó con un tono profundo y sereno. "Soy Darian, un anciano del Clan del Dragón Celestial. Hace diez mil años recibí la orden de custodiar este estanque y esperar a que apareciera el Sucesor."
A Jaime se le alzó una ceja. "¿Esperando al Sucesor del Linaje Soberano del Dragón, eh?"


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