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El despertar del Dragón (Jaime Casas) romance Capítulo 6070

¡Rugido!

Un bramido de dragón estalló desde lo más hondo de Julián Casas y retumbó entre cielo y tierra.

Aquel sonido no pertenecía a ningún hombre, sino a un dragón verdadero.

Arrastraba una vastedad antigua, una majestad soberana y una dominación despiadada.

El rugido congeló el campo de batalla; celestiales y bestias por igual sintieron que una reverencia inexplicable les brotaba del pecho.

"¡¿Qué fue ese sonido?!" soltó el Gran Venerable, con el color escurriéndole del rostro.

Las pupilas de Lyria se encogieron. "Esto es…"

Julián Casas echó la cabeza hacia atrás y aulló; una luz dorada se desbordó en un torrente cegador.

El resplandor deslumbró como un sol recién nacido, barriendo la opresión impuesta por el sigilo.

¡Crac!

Las runas doradas que cubrían el cielo se astillaron con el impacto, y las grietas se extendieron a toda velocidad.

"¡Imposible!"

Lyria gritó: "El Sigilo del Sello Divino fue forjado por la propia mano del Maestro. Sella toda ley por debajo del Reino Inmortal Superior de Nivel Nueve… ¿cómo puede ser…?"

Sus palabras aún quedaban flotando cuando irrumpió algo todavía más aterrador.

Detrás de Julián Casas se alzó el espectro de un dragón dorado, disparándose hacia las nubes.

El dragón se extendía mil yardas, con escamas relucientes, cinco garras afiladas como navajas, bigotes flotando y ojos brillando como dos soles y dos lunas.

Se enroscó sobre la cabeza de Julián Casas, irradiando una autoridad suprema y un orgullo salvaje, soberano incuestionable del cielo y de las bestias.

Un grito rasgó el aire atónito. Al fin alguien recuperó la voz y chilló: "¡La verdadera forma del Dragón Dorado!" Las palabras estallaron como un trueno, clavando todas las miradas en la bestia ardiente enroscada sobre la cabeza de Julián Casas.

Otra voz tartamudeó desde las filas, aguda de terror. "¡¿Dr… draconianos?!" El que hablaba apenas pudo terminar la pregunta; la garganta se le cerró alrededor de aquel nombre antiguo.

La voz del Gran Venerable tembló, y la incredulidad le obligó a escupir cada palabra. "¡Y es un Dragón Dorado de cinco garras! ¿C-cómo… cómo es posible? ¡Esa línea real fue aniquilada hace eras!" Los ojos se le quedaron pegados al cielo, abiertos y húmedos.

El silencio se tragó el campo de batalla.

Ni choque de acero ni redoble de tambores; solo el vacío que queda después de un terremoto, cuando todos comprueban si el mundo sigue en pie.

Los trescientos mil del Ejército Celestial y los cien mil —maltratados— restos de las bestias alzaron la vista hacia los cielos.

Las espadas se bajaron.

Por un latido olvidaron la pelea; incluso olvidaron la muerte.

Las historias susurraban que los draconianos estuvieron en el amanecer de la creación, la estirpe más alta entre los seres vivos.

Ver a uno ahora era como ver a un mito salir de la piedra y echarse a respirar.

Y entre aquella raza legendaria, un Dragón Dorado de cinco garras reinaba como emperador.

Su sangre estaba por encima incluso de la línea real de los celestiales; una verdad que oprimía todos los corazones como una montaña.

Lentamente, Julián Casas se incorporó de la tierra calcinada.

La luz lo envolvió hasta que la silueta de hombre y de dragón se mezcló; las dos figuras se superpusieron hasta quedar una sola forma resplandeciente.

Destellos temblorosos barrieron su carne desgarrada.

Las heridas se cerraron, el aliento roto se estabilizó, y su presencia se elevó con cada pulso dorado.

El Linaje de Sangre del Dragón Dorado había despertado, y un poder ancestral zumbaba en músculos y médula.

Julián Casas abrió los ojos: oro sólido, del borde a la pupila.

Miró a los celestiales que se arremolinaban abajo como hormigas y habló con una voz más fría que la piedra de un glaciar.

"¿Celestiales?

¿Linaje real?

Ja…"

Esa sola risa cortó como cuchillo sobre hielo.

Rió de nuevo, más largo esta vez, chorreando desprecio.

"Ante el Linaje de Sangre del Dragón Dorado, su dizque linaje del Rey Divino no es más que corral: polvo bajo mis garras."

"Tú…"

La palabra salió a latigazos, sin valor, pura alarma.

A Lyria se le fue el color del rostro.

En sus venas, el Linaje de Sangre del Rey Divino tembló y se encogió, intimidado por un soberano más antiguo y más alto.

El terror le nació en la médula: un sirviente encogiéndose ante su señor.

Lucian se incorporó a duras penas, temblando.

Mirando a Julián Casas en lo alto, se atragantó con la verdad.

"Linaje de Sangre del Dragón Dorado… con razón la fuerza caótica te eligió…"

Julián Casas no le respondió.

Su mirada dorada se clavó en el Gran Venerable, plana e implacable.

"Vieja reliquia, hace un momento te estabas divirtiendo, ¿no?"

Las palabras cayeron suaves, pero cada sílaba vibró con dolor prometido.

El Gran Venerable retrocedió un paso, con las extremidades temblándole.

"J-Julián Casas, ¡no hagas una locura!

Yo soy el Gran Venerable Celestial.

¡Si me matas, el Palacio Celestial te va a cazar!"

"¿El Decimocuarto Firmamento?"

La risa de Julián Casas traía escarcha.

"Que vengan.

Hoy empiezo contigo, perro viejo, y honro cada alma de las bestias que masacraste."

Su tono no subió, y aun así se oyó en todo el campo de batalla.

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