Anexo de invitados, Habitación A-3
Jaime se encontraba en el suelo de la habitación A-3, sentado con las piernas cruzadas. Su respiración era suave y rítmica, absorto en la resonancia de las líneas de lógica estelar que había discutido esa tarde.
Repasaba mentalmente cada detalle compartido por Rayna, integrando sus aportes en los vacíos de su estrategia general.
De pronto, un sutil escalofrío mental le advirtió de una presencia. Unos pasos «ligeros y apurados» resonaron en el jardín de piedra. El aroma era inconfundible: Rayna.
A diferencia de otras veces, en esta ocasión no venía acompañada; solo percibía la única y brillante chispa de su ser.
Abrió un ojo. A estas horas, el silencio debería reinar en los patios. ¿Qué la traía de vuelta?
El aura que se aproximaba vibraba con una intensidad de entusiasmo, entrecortada por la urgencia. No se trataba de una visita casual; casi corría.
Jaime se alisó la túnica y se enderezó el cuello con movimientos contenidos. La educada sonrisa del erudito se instaló en su rostro justo antes de que ella alcanzara el picaporte.
—¡Señor Casas! —Su voz irrumpió antes que su cuerpo, llena de un alivio que le cortaba la respiración.
Rayna estaba en la puerta, con las mejillas sonrosadas y unos rizos sueltos pegados a las sienes. En sus dedos brillaban dos nuevas tiras de jade.
—He… he encontrado dos pasajes más complicados —dijo, riéndose a medias de su propia impaciencia—. No podía dormir hasta preguntarle. Espero no molestarle.
Su mirada, cálida y descarada en su admiración, se aferraba a él, aunque las palabras de él insistieran en el estudio.
Jaime se hizo a un lado.
—Por favor, señorita Rayna, pase. No es ninguna molestia hablar.
Ella cruzó el umbral y se deslizó en la silla junto a la mesa baja con una naturalidad que sugería que el asiento siempre le había pertenecido.
Él sirvió una taza de té, colocando la bebida humeante a su alcance, dejando que el vapor se arremolinara entre ellos.
—Señor Casas, mire esto… —le instó ella, desenrollando la primera hoja sobre la mesa.
Tocó dos segmentos brillantes.
—Y aquí. Parecen relacionados con el tirón del eje del cielo de ayer, pero no entiendo la razón.
Jaime levantó la hoja. Recorrió los caracteres con la mirada y, tras una pausa, asintió con genuina admiración.
—Su instinto es agudo. Estos pasajes esconden el principio de la triple resonancia.
Señaló, trazando líneas de luz sobre el bosque.
—Si las hace coincidir con la hora en que ciertas constelaciones alcanzan su punto álgido, podrá abrir un corredor temporal de la Fuerza Estelar: pequeños saltos o una ráfaga rápida para templar el cuerpo.
La red de símbolos tomó la forma de un diagrama impecable, cada filamento respondía a una pregunta que ella ni siquiera había formulado.
Lo que antes parecían piezas inconexas ahora funcionaba como un mecanismo ancestral y perfecto, vibrando justo bajo la punta de sus dedos.
Rayna lo observaba, su respiración agitada por una mezcla de asombro y placer. Cada trazo firme de su muñeca avivaba un nuevo sonrojo en sus mejillas.
La luz danzaba en arcos por la estancia, capturando el brillo en sus ojos. Sentía el pulso martillear con fuerza, como si quisiera imitar el ritmo de la constelación que él dibujaba.
«¿Cómo puede un hombre ser tan brillante?», se preguntó, totalmente cautivada. «Y, además, tan irresistiblemente atractivo».
Sin advertirlo, ambos se acercaron más, los codos casi rozándose y sus alientos mezclándose sobre los glifos que flotaban en el aire.

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