El gigante sintió un escalofrío. El vino en su interior se transformó en un sudor helado que resbaló por su piel.
Una ola de poder bruto y desesperación se encendió dentro de él, buscando liberarse. Jaime intensificó el agarre de su palma. Una oscuridad gélida se deslizó desde sus dedos, penetrando bajo huesos y tendones, sellando todos los conductos.
Los músculos, que un instante antes se habían tensado para contraatacar, se relajaron de golpe. Los ojos del prisionero se salieron de sus órbitas. Incapaz de mover ni un solo dedo, solo pudo fijar su mirada en la penumbra donde la silueta de Jaime emergía lentamente.
Jaime permitió que la oscuridad rozara su rostro. Conocía bien su efecto: una máscara de juventud, sin arrugas, con una mirada fría capaz de raspar el hielo de la piedra. Esa contradicción siempre generaba desasosiego en la gente, y esa noche, Jaime necesitaba que el terror fuera absoluto.
—¿Q-quién… quién eres? —Las palabras salieron rasposas de la garganta del hombre corpulento, como óxido raspado del hierro. No respondió, dejando que la pregunta quedara en el aire, frágil e inútil.
Jaime se inclinó hasta que su aliento agitó el cabello enmarañado del hombre. El callejón olía a piedra húmeda y pánico.
—Hace un mes, en Pendiente de las Almas Caídas. Un hombre y una mujer murieron allí. ¿Fue obra tuya?
El hombre se quedó totalmente inmóvil, como si la mera mención del lugar hubiese congelado su espina dorsal. La incredulidad brilló en sus ojos por un instante, inmediatamente reemplazada por un terror oscuro y creciente.
Jaime captó ese destello de reconocimiento. Era evidente que el sujeto entendía a la perfección el motivo de su visita: un enfrentamiento directo e ineludible. A juzgar por el sudor que brotaba de sus poros, parecía ser la confrontación más aterradora que aquel bruto había enfrentado en su vida.
Intentó negar con la cabeza, pero la mentira le pesó demasiado. Finalmente, logró asentir con un movimiento espasmódico.
—¿De quién era la orden? ¿De Julian? ¿O de Queten? —Su voz se mantuvo monótona, cada nombre cayó como una piedra en agua tranquila.
—El señor Fay… él traía la orden del Señor de la Ciudad… mis hermanos y yo… solo la cumplimos… La confesión salió a trompicones entre jadeos entrecortados; la falta de aire ya estaba tiñendo sus labios de un azul con moretón.
Jaime cerró la mano lo suficiente para recordarle al hombre lo cerca que estaba de la muerte.
—¿Tienes algo que decir antes de morir?
—N-no… la formación bloqueó todo sonido… solo miraban con ira al señor Fay… tan enfadados…
La presión helada le llegó hasta el alma; el pánico se desbordó más allá de su compostura resquebrajada.
—Yo… yo solo seguí órdenes, por favor…
Un susurro como el de hielo fino crujiendo bajo una bota se oyó entre ellos. En un instante, la luz se extinguió de los ojos del hombre. La fuerza del caos se precipitó a través de su médula y mente, borrando todo rastro de vida.
Jaime abrió la mano. El cuerpo inerte cayó y al instante se desintegró en polvo, ropa incluida, barrido por el mismo viento que soplaba por el callejón.
El silencio volvió a envolver el estrecho pasaje, como si su oscuridad nunca hubiera sido perturbada.
Lo que otros consideraban el Cuarto Nivel del Reino de los Inmortales, para Jaime era una tarea sencilla y monótona, como cortar leña. Permaneció en el lugar donde la calle se hundía en la sombra, con la noche ocultando su rostro imperturbable.

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