Sus párpados, pesados como si tuvieran pegamento seco, se abrieron con dificultad.
La vista le era borrosa y un resplandor le impedía enfocar, hasta que logró distinguir una silueta humana frente a él. Se frotó los ojos con los nudillos; la luz se atenuó un poco, pero la figura seguía difusa, envuelta en un brillo pálido.
—¿Quién eres? ¿Dónde estoy? —Las preguntas sonaron débiles, como si las pronunciara desde debajo del agua.
La silueta se giró.
El reconocimiento lo invadió de golpe; se abalanzó hacia delante, rodeando con los brazos los hombros borrosos, mientras las lágrimas brotaban tras sus párpados.
—¡Señor Salazar, yo… acabo de tener una pesadilla horrible!
A su mente regresaron los fragmentos de la paliza: las sonrisas de burla, la inutilidad de sus puños que no lograban concentrar fuerza, el sabor a sangre inmerecida.
El miedo, superponiéndose a la alegría de ver a su mentor, lo invadió.
El señor Salazar respondió con una sonrisa gentil y, con la palma, le acarició el cabello a Jaime, como quien calma a un animal asustado.
—Niño tonto, eso no fue un sueño.
—¿No fue un sueño? —Las palabras sabían a tiza; se le pegaban a la lengua—. ¿Cómo no va a serlo? En ese… lugar nadie me conocía. Cualquiera podía pegarme.
La voz del señor Salazar bajó hasta adoptar el tono de un profesor.
—De verdad que no fue un sueño. Esa era tu otra vida. Si no hubieras llevado contigo la Verdadera Forma del Dragón Dorado, el mundo que acabas de ver habría sido el único que habrías conocido.
Jaime se quedó paralizado, con la perplejidad acumulándose tras sus costillas.
—Si yo no fuera el Dragón… ¿Josefina, Isabel… realmente no me conocerían?
Se quedó mirando sus propias manos, como si las huellas dactilares pudieran confirmar qué mundo era el dominante.
—Exactamente. Sin la sangre del Dragón nunca habrías recibido la Técnica del Enfoque; sin la Técnica serías un hombre corriente.
—Y una vida normal toma un rumbo diferente —El tono del señor Salazar era suave, no se disculpaba, solo exponía cómo estaban las cosas.
Jaime asimiló la verdad con un sabor amargo en la boca. Exhaló y reconoció:
—Ahora lo entiendo. Mi éxito no se debe a mi inteligencia, sino a la Verdadera Forma del Dragón Dorado… y a que mi padre la posee.
Mientras los rostros de Josefina riendo y Isabel poniendo los ojos en blanco pasaban intensamente por su mente, Jaime sintió una punzada de vergüenza. Ellas no se habían enamorado de él; se habían enamorado del símbolo dorado de su linaje.
Si tan solo hubiera sido el simple Jaime del callejón, y no el heredero del dragón, Josefina y Isabel lo habrían ignorado como a un vendedor ambulante sin importancia.
El señor Salazar chasqueó la lengua, disimulando su cansancio con una sonrisa.
—Me alegro de que lo comprendas. El nacimiento de un hombre a menudo establece el límite de lo que puede lograr. Aun así, esfuérzate por superarlo.
Una seca calidez se posó en el hombro de Jaime. La palma del señor Salazar permaneció allí apenas el tiempo necesario para ser una promesa antes de retirarse.
Jaime, inquieto, se humedeció los labios y se forzó a hacer la pregunta.
—Señor Salazar, ese Señor de la Reencarnación, él…
—Ahí —El señor Salazar no alzó la voz; solo ladeó la barbilla.
Su dedo cortó el aire en un gesto silencioso que captó la atención de Jaime. Siguiendo la dirección de la flecha invisible, Jaime se quedó paralizado: a menos de diez pasos, un hombre de unos treinta años, de aspecto pulcro, se hallaba arrodillado en el polvo. Sus hombros temblaban como papel mojado, y un halo oscuro y húmedo se extendía a la altura de sus rodillas, prueba de que el miedo lo había vaciado por completo.
—¿Es él el Señor de la Reencarnación? —La pregunta se le escapó a Jaime, mientras su mirada recorría las pálidas mejillas del hombre en busca de alguna señal de la tormenta oculta que esperaba. Solo encontró temblores. Nada en el hombre coincidía con la leyenda que Jaime conocía: ¿dónde estaba el conquistador despiadado que había doblegado la reencarnación a su voluntad, el pionero que había abierto un nuevo camino a través de los ciclos de vida y muerte?
El señor Salazar rompió el silencio con una carcajada que resonó como piedras sueltas rodando cuesta abajo.
—¡Señor de la Reencarnación, ni que ocho cuartos! No es más que un fantasma disfrazado que se jacta de la Puerta de la Reencarnación del Clan Fantasma para timar a la gente.
—¿Clan Fantasma? —El término desconcertó a Jaime; nunca lo había oído.
A pesar de haber revisado bibliotecas enteras, ninguna página mencionaba tal linaje.
El señor Salazar, con las manos cruzadas a la espalda, continuó:
—El giro de la rueda celestial, la partida de las almas… esos son trucos propios del Clan Fantasma.
—¿Recuerdas cómo pude devolver a alguien cuya alma había sido borrada?
Jaime asintió rápidamente.
—Lo recuerdo: un movimiento de su mano dispersa las almas, otro las atrae de vuelta.
El señor Salazar se rio entre dientes.

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