—Entrega los espíritus del clan Forero —dijo el resplandor flotante—, y tal vez deje que tu cuerpo recuerde cómo se respira.
La promesa, deslizándose sobre el mármol, intentaba encontrar debilidades en su resolución.
Jaime, con su espada lista, aunque apuntando al suelo, permanecía inmóvil en el centro de la cámara.
Su réplica fue inquebrantable, concisa y rehusó cualquier intento de pacto.
—Devuelve lo que robaste, o aquí no hay nada que la misericordia pueda hacer.
Un retumbar de risa se filtró desde la luz, grave y burlona, como si él fuera una mascota destinada a portarse mal.
—¿Me perdonas? —resonó, con suave crueldad—. Portador del caos, al instante en que entraste en este reino, todos tus finales ya estaban elegidos.
Una ceja se le levantó antes de que pudiera evitarlo.
—¿Es así? —Su tono denotaba un aburrimiento curioso, pero su pulso se aceleró—. ¿Elegidos para qué?
—Para alimentarme —La luz parpadeó, como si pronunciara una sentencia—. Serás absorbido, un nutriente para la ley de los ciclos que yo cuido.
Sus palabras se enfriaron, perdiendo incluso la cortesía del desprecio.
—Tu fuerza del caos perturba mi orden, sí, pero este dominio me pertenece. Aquí, las reglas del renacimiento solo responden a mi voluntad. No puedes ganar.
El aire se tensó.
La esencia misma del aura de reencarnación de Jaime explotó en un torbellino frenético, arremolinándose como un enjambre de abejas defensivas que hubieran encontrado sus aguijones.
Desde la nada surgieron cadenas de un gris espectral, que se retorcieron hacia él como serpientes que nunca habían conocido la luz. Estaban grabadas con símbolos que hablaban de la base de la existencia: el ciclo de nacimiento y decadencia, las deudas cósmicas y los espíritus que renacen. Esto no era una simple manifestación de fuerza, sino el guion fundamental de la existencia, con la intención de ser reescrito sobre él.
Un escalofrío de miedo asomó, pero él lo cortó de raíz con un movimiento decidido. El Dominio del Caos se manifestó con un rugido, una tempestad de crepúsculo cambiante. La Espada Matadragones dibujó arcos de relámpagos grises que impactaron contra las cadenas.
El choque resonó con un clamor metálico de intensidad asombrosa en la sala hueca. Cada eslabón tembló con el impacto; las runas que lo cubrían se apagaron por un instante antes de volver a encenderse, indemnes.
Un seco crujido rompió el rugido de la batalla. Desde todas partes, nuevas cadenas de la ley surgieron con la intensidad del hierro fundido, tejiéndose sobre las capas ya existentes. El Dominio del Caos de Jaime se vio envuelto por ellas, sintiéndose como un pulmón atrapado en una red de alambre.
El límite luminoso de su Dominio, que antes se extendía trescientos pasos, colapsó brutalmente: doscientos, cien, hasta cincuenta pasos. Cada contracción golpeaba sus tímpanos como un redoble de tambor ahogado y tardío. La presión era repentina y absoluta, colapsando hacia dentro.
En el centro de su ser, la Estrella del Caos giraba con desesperación, liberando filamentos de fuerza pura para intentar sellar las grietas que se extendían por su Dominio. Sin embargo, cada esfuerzo le costaba más energía que el anterior. Podía sentir el déficit creciendo, abriéndose peligrosamente: solo un centímetro más y las cadenas tocarían el hueso.
—Inútil —La voz del Señor de la Reencarnación flotó sobre el metal chirriante, vacía de calidez.
Dentro de este reino, yo soy la ley; yo soy el diseño. Tu fuerza del caos puede abrasar mi ciclo, sí, pero traes una taza de té para ahogar un océano de fuego.
Jaime dejó escapar un suspiro entre los dientes.
—Ah, ¿sí? —El calor se encendió tras sus ojos, más ardiente que el miedo—. Entonces observa qué llega primero: si tu mar me ahoga o si mi espada hierve hasta secar tu preciosa taza —Dejó de contenerse.
El Tomo del Refinamiento de la Unidad Primigenia rugió a pleno ritmo; cuatro corrientes en su interior chocaron entre sí, fusionándose hasta que la Estrella del Caos estalló en un resplandor que pintó la sala con un amanecer recién nacido.
—Origen del Caos: ¡Génesis del Cielo y la Tierra! —Ambas manos se cerraron alrededor de su espada.
El filo se proyectó hacia adelante, un arco único que apuntaba a la luz pulsante, el corazón mismo del Señor.
En ese golpe convergieron todas las lecciones extraídas del caos: la disipación de la niebla, la denominación del espacio, el moldeo de la forma desde la nada. El orden no se pediría; se forjaría desde el vacío.
El fulgor de la hoja rasgó el aura cenicienta, partiéndola como si fueran cortinas que se desprenden de una ventana. Las cadenas de la ley se hicieron añicos, eslabón tras eslabón. Toda la sala del trono se estremeció; el polvo se desprendió de las bóvedas que nunca antes habían conocido un temblor.
Por un instante fugaz, el estrangulamiento del reino se aflojó, revelando un pasillo directo hacia el Señor de la Reencarnación. La luz de la espada impactó contra el núcleo grisáceo. Un silbido abrasador cortó el aire. La esfera se convulsionó; su brillo pálido se extinguió, y desde su interior surgió un gruñido ahogado.
—Bien hecho. Un auténtico Génesis del Caos.
La voz del Señor vaciló por primera vez, el asombro teñido de un atisbo de deleite.
—Tu potencial supera todas las previsiones. Si te consumo, mi ley de la reencarnación podría superar su defecto.
Los labios de Jaime se curvaron sobre sus dientes.

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