Demisie y Roseta se pusieron nerviosos. Sin embargo, tras intercambiar miradas, se prepararon y dieron un paso al frente.
—Somos Cultivadores Demoníacos, pero esto no tiene nada que ver con el señor Casas. Es a nosotros dos a quienes persigues, así que ven por nosotros —le dijo Demisie a Froilán.
Aunque estaban muertos de miedo, Demisie y Roseta no querían que Jaime se arriesgara por su bien.
—Un paso atrás, los dos —Jaime instruyó a Demisie y Roseta.
—Señor Casas, apreciamos su amabilidad, pero hoy...
—Hagan lo que les digo. Incluso si ustedes dos se sacrifican, todavía no me dejarán libre de culpa. Acusarme de asociarme con Cultivadores Demoníacos es sólo una excusa. Además, son sólo un grupo variopinto. No hay nada que temer.
Ante la actitud confiada de Jaime, Demisie y Roseta se retiraron.
Jaime, no eres más que un simple cultivador del Reino de Fusión Corporal, ¿y aun así te atreves a burlarte de nosotros? Eres demasiado engreído. No pude matarte en el Mar Nocturno, pero ahora que estamos en tierra, ¡se me ocurren cien formas de acabar contigo!
—¿Ah sí? ¿Por qué no lo intentas? —respondió Jaime con tono provocativo.
Inexplicablemente, un presentimiento se apoderó del corazón de Froilán al ver la expresión indiferente de Jaime.
No pudo evitar acordarse de las palabras del tripulante de antes y de la actitud colectiva del resto del personal.
También recordó cómo Jaime había atraído antes al halcón de plumas plateadas en la isla. Junto con el aspecto impertérrito de este último, Froilán desconfiaba en realidad de que Jaime se guardara en la manga alguna técnica definitiva.
«Si en realidad puede invocar a un dragón dorado o hacer algo parecido, estaré en grave peligro».

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El despertar del Dragón (Jaime Casas)