Había sido una hazaña difícil domar una tortuga divina de ese tamaño, pero justo cuando la domaba, se la llevó el tornado.
Jaime estaba desconcertado. No entendía por qué la tortuga divina no lo había escuchado y se había empeñado en nadar hacia el tornado.
—¡Deja de balbucear! La nave espiritual se dirige en dirección al tornado y tenemos que detenerla o hacer que cambie de dirección. Necesitamos a alguien que distraiga a esas tortugas divinas y les impida avanzar a la nave espiritual. Si el barco espiritual entra en el espacio del tornado, ¡todos moriremos aquí en el Mar Nocturno! —gritó Froilán.
Al escuchar eso, todos se callaron. Sin embargo, nadie saltó del barco para llamar la atención de las tortugas divinas, pues nadie sabía qué peligros acechaban debajo.
Tal vez no había cultivadores desinteresados en este barco.
Todos habían llegado al Mar Nocturno en busca de tesoros y oportunidades.
Nadie querría arriesgar su vida por unos desconocidos.
Al no ver ningún movimiento entre la multitud, Froilán frunció el ceño, aunque no era por preocupación por ellos. Solo le preocupaba su propia seguridad. Además, esta nave espiritual era bastante cara, y sufriría una gran pérdida si el tornado la destruía.
Incluso cuando el barco se acercaba al tornado, nadie se ofreció voluntario.
Jaime miró a Quirina y a Nimbus antes de dar un paso adelante.
—Iré yo; atraeré a las tortugas divinas, así que dense prisa y cambien el rumbo del barco.
Jaime no se había ofrecido voluntario porque fuera un santo; solo no quería que le ocurriera nada a Quirina.
En cuanto Jaime se acercó, muchos cultivadores se giraron para lanzarle miradas de respeto.
—¿Cómo vas a atraer tú solo a tantas tortugas divinas? —preguntó Froilán.
—No necesitas preocuparte por eso. Tengo un plan.
Jaime sabía que su Poder de los Dragones era lo perfecto para controlar a esas tortugas divinas.
La tortuga divina gigante había sido tan terca antes, pero cuando Jaime usó el Poder de los Dragones, se volvió mansa al instante.

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