—La Secta Cósmica obtuvo un fardo de tortugas espirituales de algún lugar, señor Santini. Estas tortugas espirituales pueden atravesar con libertad el Mar Nocturno y no temen en absoluto a las tormentas. Justo por eso lograron emboscar nuestras aeronaves y se apropiaron de muchas de ellas —explicó aquel discípulo de la Secta Estelar.
—¿Tortugas espirituales? —Nimbus se quedó en silencio.
—Nimbus, aclaremos primero la situación y luego zarpemos a explorar el mar. Quizá tu padre y los demás estén bien —intervino Jaime.
Sabía que el hombre debía de estar perdido en ese momento y no tenía ni idea de qué hacer.
—De acuerdo. Zarparemos y comprobaremos la situación.
Nimbus asintió con la cabeza. A continuación, se volvió hacia el discípulo y le dijo:
—Ve a comprar unos boletos ahora mismo. Quiero salir al mar.
A su orden, el discípulo admitió en tono conflictivo:
—No hay más entradas para el futuro próximo, señor Santini. Hace tiempo que se agotaron. Después de que se difundiera la noticia de que había objetos mágicos en el Mar Nocturno, mucha gente se apresuró a ir. En consecuencia, los boletos para los barcos espirituales se venden a un precio exorbitante. Aun así, la demanda sigue superando a la oferta.
—¡Maldita sea! ¡Qué inútiles! ¿Es que no pueden preparar unos cuantos boletos? —Nimbus arremetió al instante con furia tras las palabras del hombre.
—¿No podemos salir al mar si no tenemos boletos? —preguntó Jaime desconcertado.
—No, pero aún hay una forma de conseguir entradas —respondió Nimbus en un susurro.
—¿Cómo? ¿Comprando a otros a un precio elevado? —preguntó Jaime.
Sin embargo, Nimbus negó con la cabeza.
—Arrebatándolos. Los boletos no tienen nombre, así que pertenecen a quien los tenga en la mano.
Al escucharlo, a Jaime le pareció una gran idea.
«Sí, podemos arrebatarle directamente dos entradas a otra persona. ¡Al fin y al cabo, algo así no es raro en el Reino Etéreo!».

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