Cientos de zarcillos como enredaderas salieron disparados hacia Jaime desde todas las direcciones. Como una jaula que se cerrara sobre él, los zarcillos intentaron atraparlo.
Los labios de Jaime se curvaron un poco. Sus ojos brillaron.
Justo cuando los zarcillos se acercaban a Jaime y estaban a punto de atraparlo, desapareció de repente ante los ojos de Madero.
Madero se sobresaltó al instante. Los cientos de zarcillos perdieron su objetivo y se enredaron.
—¿Dónde está? —Madero gritó.
Su corazón se aceleró al no poder comprender cómo Jaime se había desvanecido ante sus ojos.
Pero pronto, Madero sintió movimiento detrás de él.
Intentó darse la vuelta para comprobarlo, pero los cientos de zarcillos entrelazados habían atrapado su cuerpo, impidiéndole moverse.
Este fue un caso de morder más de lo que se podía masticar. Madero se había atrapado con sus propios zarcillos.
¡Pfff!
Justo cuando Madero estaba a punto de desenredarse de los zarcillos, sintió de repente un dolor agudo.
Una deslumbrante luz dorada atravesó su espalda y salió por su pecho. En un instante, los cientos de zarcillos desaparecieron.
El rostro de Madero se contorsionó de horror al mirar la espada que le había atravesado por detrás.
Miraba con los ojos muy abiertos, lleno de incredulidad. No podía comprender cómo Jaime, un simple cultivador del Reino de la Fusión Corporal de Quinto Nivel, había conseguido matarlo de un solo golpe.
Madero giró lentamente la cabeza y vio que Jaime le sonreía con frialdad.
Jaime había desenvainado la Espada Matadragones, que ahora goteaba sangre.
Sólo le dedicó una breve mirada a Madero antes de darse la vuelta y alejarse.
Todavía en estado de shock e incredulidad, Madero se desplomó en el suelo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El despertar del Dragón (Jaime Casas)