Tifón no se atrevió a actuar temerariamente. En su lugar, manipuló su red dorada, usándola para envolver a Jaime.
Contemplando la red dorada que descendía, Jaime no mostró ninguna inclinación a correr o esquivar.
Se dio cuenta de que no había escapatoria, a menos que volviera a enterrarse bajo tierra.
Tifón estaba bien preparado esta vez y seguramente atacaría en el momento en que Jaime pasara a la clandestinidad.
Jaime se vería impotente para tomar represalias y estaría a merced de su oponente.
Nimbus, Soleil y los demás estaban preocupados por Jaime, al ver que éste no esquivaba.
Tifón, que estaba presenciando la misma escena, no se sintió triunfante. En su lugar, una ligera inquietud surgió en su interior.
Pronto, la red dorada envolvió a Jaime y empezó a tensarse, inmovilizándolo.
Sólo después de ver eso, Tifón dejó escapar un suspiro de alivio.
—Chico, veamos si aún puedes comportarte con arrogancia. No me importa si posees la Piedra Flamígera. Te suprimiré hoy y te confinaré para la eternidad —dijo Tifón con una sonrisa burlona.
Tifón sacó rápidamente un objeto parecido a una moneda de oro. Lo lanzó al aire, y al instante se expandió hasta alcanzar un tamaño gigantesco antes de presionar a Jaime.
Jaime permaneció inexpresivo. Dentro de su espacio de nascencia, la constelación de nascencia de fuego brilló, seguida de la ignición del terrorífico fuego demoníaco.
¡Crack! ¡Crack! ¡Crack!
Incinerada por el fuego demoníaco, la red dorada empezó a fracturarse, emitiendo sonidos como si se estuviera rompiendo.
En poco tiempo, la red empezó a derretirse, convirtiéndose en niebla.
La visión de su objeto mágico derritiéndose rompió el corazón de Tifón. Antes incluso de que pudiera estirar la mano para recuperar la red dorada, ésta se había reducido a nada más que una nube de niebla.
El intenso fuego demoníaco seguía ardiendo salvajemente y lanzando llamas hacia el cielo, haciendo que el clima, ya de por sí abrasador, se volviera aún más caluroso.
Olas de calor chocaron contra Tifón, obligándolo a retroceder.

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