Sorprendido, Hermes exclamó:
—¿Cien millones? ¿Cómo es posible que lleve conmigo tantas monedas espirituales? Tengo que ir a retirarlo.
Justo en ese momento, Temán se quedó estupefacto al ver que Jaime no sólo negaba el hecho de haber dado una paliza a alguien, sino que además le pedía un préstamo a Hermes.
«¡Vaya! ¡Qué desvergonzado!».
—¡No sirve de nada negarlo cuando el Señor Santini aún está herido, Jaime! —rugió tras la negación del hombre.
—Eso es porque es torpe y se cayó. ¿Qué tiene que ver conmigo? —se burló Jaime con una risita desdeñosa.
—¡Cómo te atreves! —Temán estaba tan lívido que le salía vapor por las orejas.
Los pocos guardias también tenían un semblante sombrío, pues no esperaban que fuera Hermes.
—Muy bien, ya que yo no presencié este incidente, pongámosle punto final. A partir de ahora, ¡nadie podrá ejercer la violencia en Jeriva! —declaró Hermes con un gesto de la mano.
Era evidente que estaba dejando de lado el asunto sin profundizar en él.
Al escuchar eso, Nimbus protestó de inmediato:
—¡Señor Sierra, tengo heridas y también hay testigos presenciales del incidente! Aun así, ¿cierra el caso con una sola frase? En este caso, ¿significa eso que también puedo ejercer la violencia en Jeriva?
—Puedes probarlo. —La expresión de Hermes se tornó gélida al ver cómo el más joven lo desafiaba, y se quedó mirando a Nimbus con frialdad en los ojos.
Ante su expresión, Nimbus se apresuró a enmendar:
—Sólo estaba dando un ejemplo. Nunca cometeré actos violentos ni violaré las normas de Jeriva. Pero Jaime sí que me golpeó. Fue un acto de violencia.
—Como ya he dicho, no fui testigo. Si lo veo ejercer la violencia, lo castigaré sin duda —afirmó Hermes.
—De acuerdo, entonces. ¡Le mostraré lo arrogante que es!
Tras decir esto, Nimbus se acercó a Jaime. Miró a Violeta, que estaba junto al hombre, y dijo:
—Esta mujer es tu compañera, ¿eh, Jaime? ¿Pero no es un desperdicio que te sirva sola cuando es tan guapa? Cuando te hayas ido de Jeriva, la desnudaré y haré que todos la monten.
—¡Qué monstruo y sinvergüenza! —espetó Violeta furiosa, con la cara enrojecida.

¡Plaf!
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