El semblante de Gaetano era una máscara de ira mientras miraba a Perla arrodillada en el suelo. Sin embargo, él mantuvo su silencio, sus ojos miraban a sus compañeros ancianos.
—Gaetano, la reputación de la Secta Solaris no puede mancharse —dijo uno de los ancianos.
Otro intervino:
—¡Así es! ¡Estuvimos a punto de cometer un grave error y poner en peligro la reputación de la Secta Solaris!
—Es una desgracia para nuestra secta tener un discípulo así.
Tras decir lo que pensaban, los ancianos dieron media vuelta y se marcharon.
En cuanto al castigo de Perla, ya no se preocuparon por ello. Dejaron que Gaetano decidiera.
—Maestro, le he hecho mal a todos. Por favor, ¡perdóname esta vez! Lo siento de verdad —Perla se golpeaba continuamente la cabeza contra el suelo mientras confesaba su error.
Gaetano frunció las cejas. Estaba claro que se encontraba en un dilema.
Al final, levantó la mano y golpeó a Perla con la palma.
El golpe no era para quitarle la vida, sino para anular su cultivo.
—Has sido mi discípula durante muchos años, y ahora te retiro todo lo que te he enseñado. Debes abandonar este lugar ahora mismo. Ve a donde desees ir. A partir de ahora, ya no soy tu maestro —pronunció Gaetano, evitando la mirada de Perla cerrando los ojos.
—¡Maestro! Maestro, ahora soy impotente sin mi cultivo. Si me voy de aquí, ¡seguro que muero! ¿Dónde más puedo ir? Por favor, no me eche. ¡Me quedaré para servirte por el resto de mi vida! —Perla le suplicó.
Sin embargo, Gaetano se dio la vuelta sin volver a mirarla.
—¡Jaime, por favor! Por favor, habla en mi nombre. Sé que lo que hice estuvo mal. No volveré a cometer el mismo error. —Perla desvió su atención hacia Jaime, esperando que él pudiera alegar en su favor.
Sin embargo, la mirada de Jaime seguía carente de compasión mientras observaba a la llorosa Perla arrodillada en el suelo.

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