—Rolando, la verdad ha sido expuesta ante tus ojos. Ya has perdido. ¿Qué más tienes que decir? —preguntó con frialdad el anciano juez a Rolando.
—¿Cómo es posible? ¿Por qué ocurre esto? —Rolando caminaba en círculos como si hubiera perdido la cabeza.
—¡Ahora declaro que el campeón de esta Feria Alquimista es Jaime! —anunció en voz alta el anciano juez.
Al hacerse oficial el resultado, el público prorrumpió en aplausos.
—¡Tenemos una estrella emergente en el mundo de los alquimistas!
—¡Caldero Divino! Es la primera vez que veo un caldero especializado.
—Incluso con la ayuda del Caldero Divino, calculo que no hay mucha gente que pueda refinar una píldora de Séptimo Nivel en pocos minutos.
Ahora todo el mundo se deshacía en elogios hacia Jaime, y ya no le dirigían ni una palabra de burla o duda.
—Rolando, el resultado está decidido. ¿No es hora de que cumplas tus promesas? —preguntó Jaime a Rolando.
Rolando miró a Jaime con frialdad, con ojos llenos de desafío. Sin embargo, era innegable que había perdido.
—Jaime, he bromeado antes, así que mis palabras no cuentan. Además, no hay nada que diga que las apuestas están permitidas durante la competencia de la Feria Alquimista —De ninguna manera Rolando se arrodillaría ante Jaime, y mucho menos regalaría su caldero espiritual.
—¿Me has tomado por tonto? —Jaime entrecerró los ojos.
—¿Y qué si lo hice? Estamos en Jeriva. ¿Te atreves a ponerme una mano encima aquí? —Rolando se atrevió a comportarse con altanería, ya que las reglas en Jeriva prohibían los duelos privados.
Ante la arrogante actitud de Rolando, Jaime apretó los puños con fuerza.
—Las reglas de Jeriva no permiten que nadie inicie una pelea salvo en una arena. Esto es una plataforma para celebrar un concurso de alquimia, así que también se considera una arena —dijo el anciano juez.
La insinuación del anciano juez no podía ser más obvia. Estaba señalando a Jaime que, puesto que estaban en la arena, Jaime podía hacer caso omiso de las reglas de Jeriva.
Ni que decir tiene que Jaime comprendió las palabras del anciano juez.
En cuanto el anciano juez terminó su sentencia, Jaime ya había lanzado un puñetazo.
—¿Cómo te atreves a engañarme? Te haré pagar —El puñetazo de Jaime aterrizó en el abdomen de Rolando, haciéndole caer al suelo.

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