—¡Detente, o Lord Diablo Infernal nunca te dejará ir! —rugió Benigno.
—Pfft, ¿quién te crees que eres para él? No eres más que un miembro de una rama de su linaje. ¿De verdad crees que eres su subordinado? —se burló Jaime.
El rayo golpeó a Benigno sin tregua hasta que sólo quedó de él un charco sanguinolento de papilla.
En ese momento, una niebla negra salió volando de su cuerpo.
Su aparición hizo que el cielo se oscureciera.
—Esa es su alma demoníaca. ¡No lo deje escapar! —Gaetano gritó a Jaime al ver la niebla negra.
Tras asentir con la cabeza, Jaime corrió hacia el alma demoníaca, que dejó escapar un chillido desgarrador mientras emergía de ella un rostro aterrador.
El alma demoníaca miró fijamente a Jaime con ojos del tamaño de campanas. Parecía un demonio devorador de hombres con saliva cayendo de sus afilados dientes.
Al ver que Jaime se le echaba encima, el alma demoníaca llenó el cielo de niebla negra y se lanzó al ataque.
Jaime levantó una bola de fuego demoníaco en la mano antes de que se lo tragara la niebla negra.
El desgarrador espectáculo que Gaetano tenía ante sí lo hizo observar con ansiedad.
Pronto, un fuerte grito resonó desde el interior de la niebla negra, anunciando su disipación de todo el cielo. Roto en millones de pedazos, cada uno de ellos fue consumido por un infierno.
El cuerpo de Jaime apareció poco a poco mientras el alma demoníaca era incinerada en cenizas por el fuego demoníaco en el fondo.
Mientras tanto, los otros Cultivadores Demoníacos que escucharon la conmoción vinieron corriendo.
La visión del alma demoníaca de su líder calcinándose los llenó a todos de horror.
Antes de que Jaime pudiera atacarlos, huyeron al instante y desaparecieron sin dejar rastro.
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