Kenneth se dirigió rápidamente a la habitación del hospital de Elaine. Al entrar, solicitó información sobre el estado de su hermana. El doctor explicó:
—Hemos observado contracciones ocasionales en los dedos de su hermana y actividad de ondas cerebrales, lo que indica consciencia.
Kenneth mostró sorpresa y satisfacción:
—¿Implica esto que ella puede escucharnos si le hablamos?
—En teoría, sí —respondió el doctor.
Elaine presenta síntomas similares a la parálisis del sueño, donde su mente está activa pero su cuerpo no responde. Kenneth se colocó junto a la cama de Elaine y tomó su mano.
—Elaine, ¿puedes escucharme?
Los ojos de Elaine mostraron una leve reacción. Ante esto, Kenneth experimentó emoción y alivio. Le acarició la mejilla con delicadeza, evidenciando signos de preocupación persistente.
—Elaine, finalmente me has respondido. No tienes idea de la inquietud que he tenido durante los últimos cinco años.
Tras el entusiasmo inicial, su expresión se volvió fría. Se inclinó y le susurró en la oreja:
—Dime, ¿fue Lauren quien te hizo esto?
Había recibido la respuesta hace cinco años, pero una parte de mí todavía tenía esperanza. Esperaba que todo fuera un malentendido y que su hermana hubiera sufrido otro accidente, pero cuando vio las lágrimas que corrían por el rostro de Elaine, toda esperanza se desvaneció.
—¿Entonces en verdad fue Lauren?
Kenneth adoptó una expresión fría mientras su mano se cerraba con fuerza, haciendo que sus nudillos palidecieran. Las lágrimas de Elaine comenzaron a fluir de manera más intensa, evidenciando su incapacidad para abrir los ojos o hablar, pese a su obvia necesidad de comunicar algo. Elaine parecía atrapada en su propio cuerpo, plenamente consciente de su entorno pero sin poder influir en los eventos.
Al observar el profundo sufrimiento de su hermana al mencionar a Lauren, Kenneth experimentó una sensación de intenso malestar, difícil de asimilar. La imagen de la benevolente y inteligente Lauren resultaba incongruente con el comportamiento descrito por Elaine. Las silenciosas lágrimas de su hermana parecían causar un fuerte impacto emocional en Kenneth, quien, mirando fijamente el rostro empapado en lágrimas de Elaine, apretó los dientes y, con voz áspera, expresó:
—Elaine, no llores. No dejaré que nadie te vuelva a hacer daño. Aunque Lauren ya ha cumplido cinco años de prisión, no es suficiente para expiar lo que ha hecho. Me aseguraré de que se haga justicia.
A pesar de sus palabras, su corazón se sentía partido en dos.
«No, no fue Lauren. ¡Fue Willow!».

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El camino de venganza de la heredera rota
Me da error al desbloquear los capítulos...