—¿Qué pasa? ¿Tienes tantas ganas de que Lucas me demande?
Las agudas acusaciones de Lauren hicieron que el pecho de Alice se tensara de dolor y que las lágrimas cayeran al instante.
—Lauren…
—¡Alice! —Lauren espetó enojada—. ¿De verdad no sabes lo que ha hecho Willow, o solo estás fingiendo? ¿De verdad no conoces las injusticias que he sufrido, o te complace verme sufrir un tormento?
—No, eso no es verdad.
Alice ya estaba sollozando sin control, pero esas lágrimas no ablandaron el corazón de Lauren ni un poco; solo profundizaron su asco.
—Tus acciones dicen lo contrario. ¿Qué más hay que discutir? Me tratas como a una tonta, me engañas, me ves anhelar como una estúpida tu amor maternal. Eso debe darte una gran sensación de logro, ¿no? ¡Incluso debes reírte de ello mientras duermes!
—¡No, no lo hice! Lauren, escúchame. ¡Te quiero tanto como quiero a Willow!
—¡Jajaja!
Lauren estalló de repente en carcajadas, tan fuerte que casi le salieron las lágrimas. Se rio hasta que le dolió el estómago, hasta que el dolor en su hombro lesionado volvió a estallar, pero el dolor solo la hizo tener más claridad de ideas.
—Dices que me quieres, pero eres tú quien me ha vuelto loca. Una vez fui la mejor estudiante del mejor instituto de Hoverdale, la campeona provincial del examen de acceso a la universidad y una erudita en la Universidad de Punta Norte. ¿Y ahora? Cinco años después, ¿qué soy? Una lunática, una inválida, una exconvicta de por vida que nunca podrá volver a levantar la cabeza. ¿Y quién me empujó a este abismo? ¿No fuiste tú? Protegiste a Willow porque la querías. Y porque me querías, elegiste empujarme directo al infierno. ¿Qué te da derecho a decir que tu amor por nosotras es el mismo?
Las palabras de Lauren devastaron a Alice, que sacudía la cabeza con desesperación mientras decía:
—No, eso no es cierto.
Willow miró a Lauren con los ojos llorosos.
—Lauren, sé que me odias, pero ¿por qué tienes que intimidarme también a mí?
Alice abrazó a Willow entre sus brazos, llorando:
—Willow, deja de hablar. Todo es culpa mía.
La madre y la hija se abrazaron y lloraron. Lauren las observó con frialdad, su rostro desprovisto de emoción. En ese momento, David y Elliot salieron del estudio y vieron la escena. Sin esperar una explicación, David rugió de inmediato a Lauren con ira.
—¡Niña desagradecida! Apenas has estado en casa y ya estás causando problemas de nuevo. ¿Acaso tienes corazón? ¡Tu madre y tu hermana se han estado preocupando mucho por ti mientras estabas en el hospital! ¿No puedes sentir nada?
Lauren le dirigió una mirada fría a David, no había ni rastro de respeto en sus ojos, solo una burla interminable. Sonrió un poco, y aunque no dijo nada, su expresión medio sonriente daba más miedo que cualquier palabra.


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