Kenneth permaneció inmóvil, sus manos aun hormigueando por el calor de la cintura de Lauren. Por un instante, no se atrevió a soltarla.
Sin embargo, antes de que pudiera reaccionar, una mano imponente surgió de la nada y lo apartó con vehemencia.
Lauren fue arrancada de sus brazos, impulsada hacia los de otro hombre.
Una voz resonó entonces, helada y cortante como el hielo, con un tono frío e indiferente.
—¿Qué piensas que le estás haciendo a mi prometida?
En el instante en que los brazos de Kenneth quedaron vacíos, una extraña sensación de vacío invadió su pecho. Levantó la vista instintivamente y se quedó inmóvil.
El hombre frente a él no era otro que Félix Brooker, el heredero de la familia más influyente de Buenavista. Kenneth se puso a la defensiva de inmediato. No le agradaba Félix, no solo por su estatus, sino porque había visto las noticias en internet: Lauren, su ídolo, estaba comprometida con este heredero de los Brooker.
Aunque Kenneth sabía que no era digno de alguien como Lauren, creía firmemente que ningún hombre la merecía. Para él, ella era como la luna en el cielo, inalcanzable, para ser admirada desde la distancia. Félix podría ser poderoso, un hombre de negocios al fin y al cabo, pero ¿qué derecho tenía a reclamar a la científica más brillante de Coruña? ¿Y ese supuesto compromiso? Una promesa de la infancia, un mero juego, nada más que una fantasía de antaño.
Kenneth volvió a mirar a Lauren, con los ojos llenos de preocupación, listo para rescatarla a la menor señal de angustia. Pero lo que vio, en cambio, fue a Lauren mirando a Félix con una alegría radiante.
Félix, de solo veintidós años, aún conservaba la vivacidad juvenil de su edad, pero ya se vislumbraba el autocontrol frío y la solemne gentileza que lo caracterizarían a los veintioiocho años en su vida anterior. Para Lauren, que había sufrido tanto, Félix había sido su salvación, un rayo de luz en sus días más oscuros.
Y ahora, el chico de su pasado se había convertido en un hombre. La había encontrado y, asombrosamente, la había reconocido a primera vista. La frialdad en los ojos de Félix se desvaneció al mirar a Lauren. Su voz se suavizó, adoptando un tono que solo ella había escuchado.
—Lauren… por fin has vuelto.
Levantó la mano y le acarició suavemente la frente y las mejillas con un dedo.
—Te he echado de menos todos estos años.

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