Elliot no tenía ni idea de cuánto tiempo había tardado en calmarse el dolor de sus entrañas. Estaba empapado en sudor frío, agotado, con los miembros flácidos. Aun así, se obligó a incorporarse. Le temblaban los dedos al pasar a la siguiente página del diario.
«20 de junio de 2007. Domingo. Nublado».
«He pasado una semana en el hospital. Hoy he podido volver a casa. Estos últimos días, me he sentido herida, decepcionada, pero viendo a mamá y papá correr por mí, temiendo que algo pudiera pasar, me ablandé. En el orfanato, nadie se preocupaba cuando enfermábamos. Teníamos que esperar solos en nuestras camas, sobrevivías o no, eso era todo. Estas personas, mi familia, fueron los primeros en preocuparse de si vivía o moría.
Sí, me han hecho daño, pero me encontré queriendo aferrarme a los pequeños trozos de calidez que me mostraron. Me dije que los corazones son de carne y hueso. Si los trataba con amabilidad el tiempo suficiente, quizá algún día ellos también me tratarían de verdad como de la familia. Así que estaba entusiasmada. Estaba impaciente por volver a casa, aunque eso significara regresar a un lugar que me había hecho daño. Todavía tenía la esperanza de poder pertenecer.
Compré pequeños regalos para todos, usando el dinero de la beca que había ahorrado. Pensé que tal vez, solo tal vez, los haría felices. Tal vez nos acercaría más. Tal vez me aceptarían. Pero, cuando repartí los regalos, Elliot miró la corbata que elegí para él, y sin dudarlo, la tiró directamente a la basura. Me dijo:
—¿Piensas que me pondría esa basura barata? ¿Quieres que se rían de mí en la oficina? No me des esta basura inútil. Es asquerosa.
Mamá y papá miraron de pasada los regalos. Sus expresiones eran complicadas, difíciles de leer, pero, de algún modo, entendí el mensaje de sus ojos. Supongo que tenían razón. Soy pobre. Con el dinero de mi beca no podía comprar artículos de lujo, pero di todo lo que tenía, me esforcé mucho por ser amable con ellos.
Ese momento fue como ser apuñalado por cien agujas. Me dolió mucho. ¿Qué más podía hacer? ¿Cómo podía hacer que me vieran como parte de la familia? Quizá no debería haber vuelto nunca. La familia que anhelaba, nunca me anheló».
«21 de junio de 2007. Lunes. Lluvia ligera».

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