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El camino de venganza de la heredera rota romance Capítulo 315

El dolor transformó el rostro de la mujer en una máscara de terror.

—¿Te atreves a matar a alguien?

Jadeó, con la voz temblorosa por la agonía. Mia parpadeó con sus ojos grandes. Parecía tan inofensiva, como un dulce conejito incapaz de lastimar a alguien. Dijo:

—Sí. Y para que lo sepas, ya he matado a seis personas. Una más no importará. Acabas de tener la mala suerte de golpear a mi hija delante de mí. Así que… Te toca morir.

Su voz era ligera y tranquila, pero a la mujer sintió como si el diablo le susurrara. Se agachó dolorida, agarrándose el estómago, la sangre manaba de entre sus dedos. Con voz desesperada y entrecortada, suplicó:

—Por favor… Déjenme ir. Mi hijo solo tiene un año. Es demasiado pequeño para perder a su madre.

Mia no se detuvo. Su cuchillo se retorció más, destrozando tejidos y músculos. La mujer lanzó un aullido como el de un animal herido, un sonido crudo e inhumano.

—Mi hija también es pequeña. ¿Cuál es tu punto? —dijo Mia con frialdad—. Me importa un bledo tu hijo. Hieres a la única persona que me importa. Eso es una sentencia de muerte.

La mujer se desplomó en el suelo, suplicando entre lágrimas, apenas coherente.

—Por favor, no me mates, me equivoqué, lo arreglaré, a partir de ahora trataré a la Niña Asquerosa como a mi propia hija, ¡lo juro!

—Acabas de llamarla Niña Asquerosa otra vez.

Esas dos palabras rompieron algo en Mia, ella explotó. Con un tirón salvaje, soltó el cuchillo, lo levantó y le cortó la garganta a la mujer. Su cuerpo cayó al suelo como un muro derribado. Pataleó y arañó, ahogándose en su propia sangre. Un ruido gutural llenó el aire mientras la sangre brotaba de su cuello. Tenía los ojos desorbitados por la desesperación.

La hoja de Mia goteaba rojo bajo el sol, la limpió en la ropa de la mujer y se volvió hacia la niña, que seguía temblando en el suelo, con las mejillas llenas de lágrimas. En el momento en que Mia miró a la chica, toda su maldad se desvaneció. La rabia, el odio… Desaparecieron en un instante. Lo que lo sustituyó fue el calor y la tristeza. Sus ojos se suavizaron como una brisa primaveral.

—Cariño, no tengas miedo. Nadie volverá a hacerte daño.

La niña se quedó paralizada, demasiado aterrorizada para hablar. Sus grandes ojos llenos de lágrimas miraban a Mia y su pequeño cuerpo temblaba.

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