Lauren levantó su mano delgada y temblorosa y secó las lágrimas de Mia.
—No estés triste —susurró.
Cuanto más intentaba consolarlos, más difícil le resultaba a cualquiera de los presentes contener su dolor. Mia se acurrucó junto a ella en la cama, con sus sollozos sacudiendo su pequeño cuerpo. Le temblaban los hombros sin control y respiraba agitada, como si fuera a desmayarse en cualquier momento por el peso de su dolor.
Todos los que rodeaban la cama tenían los ojos enrojecidos. Algunos lloraban en silencio, otros ya tenían los ojos rojos. Lauren no sabía qué más decir. Ella había pensado cuando bebió el pesticida que sería rápido. Había elegido ese método porque sabía lo letal que era, estaba segura de que no sobreviviría.
Estuvo a punto de morir, pero la vida, cruel como siempre, decidió no dejarla marchar tan fácil. Y ahora, en lugar de escabullirse en silencio, se veía obligada a presenciar el dolor que había dejado atrás.
Abrió la boca para tranquilizarlos, pero de repente un torrente de sangre negra y espesa brotó de su garganta. Salpicó las sábanas blancas, su bata, empapándolo todo de un carmesí oscuro y pegajoso. Luego, vinieron más. La sangre salía de su nariz, de sus orejas, incluso de los ojos. Lauren sangraba por todos los orificios. Un cadáver viviente.
—¡Lauren…!
El grito de Mia atravesó la habitación como un cristal roto. Sus ojos se abrieron de par en par, horrorizados. La imagen de Lauren bañada en su propia sangre y retorciéndose de dolor quedó grabada en su mente para siempre. Las rodillas de Mia cedieron, su cuerpo se desplomó junto a la cama, entonces todo se volvió negro. Félix tembló con violencia.
—¡Doctor, alguien llame al doctor!
Su voz se quebró, llena de puro terror. A Lauren se le nubló la vista, vio a Mia desplomarse, a Félix pálido y tembloroso. Otros corrían presas del pánico… Entonces, la oscuridad se la tragó entera.
Las puertas de urgencias se abrieron de golpe. Doctores y enfermeras la llevaron rápido al quirófano, con máquinas pitando. Afuera del quirófano, el tiempo se detuvo. Félix se quedó congelado en su silla de ruedas, como un hombre convertido en piedra. Se limitó a mirar el letrero rojo que brillaba sobre la puerta.
«Cirugía en curso».
Nadie se atrevió a hablar, esperaron varias hora. El tiempo pasaba lento. Entonces, por fin se apagó la luz, las puertas se abrieron, y el doctor salió con el rostro demacrado y la ropa manchada. Se quitó la mascarilla. En cuanto Félix lo vio, preguntó:
—Doctor. ¿Cómo está?

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