Lauren se detuvo ante el imponente edificio, cuyas paredes blancas brillaban bajo el sol. El escudo de la policía en lo alto del tejado brillaba como una advertencia silenciosa, un símbolo de justicia, de consecuencias. Su corazón se retorcía de emociones contradictorias, miedo y resolución.
Era el final del camino, pero también era el único camino que le quedaba a Mia. Entró en la estación con pasos pesados y deliberados. El vestíbulo estaba en silencio, un solo agente atendía el mostrador.
—Quiero entregarme.
La expresión del oficial cambió al instante. Se enderezó en su asiento.
—¿Entregarte? ¿Por qué?
Lauren se quitó la máscara y las gafas de sol.
—Maté a alguien.
Sus pupilas se contrajeron, no esperaba una confesión de asesinato, no de alguien que parecía tan frágil. Sin mediar palabra, salió de detrás del escritorio, se acercó a ella con cuidado y le colocó un par de frías esposas de acero en las muñecas.
Cuando las esposas encajaron en su sitio, Lauren tembló. La sensación era demasiado familiar. Durante cinco años, había sido una rutina, pero hace cinco años, se los había puesto por el crimen de otra persona. Esta vez, se los puso de manera voluntaria, por Mia. Mientras el agente la conducía a la sala de interrogatorios, Lauren cerró los ojos y pensó:
«Qué ridículo, toda mi vida he sido un sustituto de la culpa, del dolor, de la justicia».
La sala de interrogatorios era pequeña y sin aire, opresiva.
—Siéntese —ordenó el agente.
Dejó un cuaderno sobre el escritorio y el bolígrafo preparado. Lauren se sentó, sus manos se aferraron al borde de la silla, con los nudillos blancos.
—Cuéntamelo todo. ¿A quién mataste? ¿Cuándo? ¿dónde? ¿Cómo? ¿Y por qué?
Sus preguntas eran agudas y rápidas. Lauren inhaló profundo, luego dijo:
—Yo maté a Joe, Taylor, Lucas, y…

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