Así que Willow tuvo que escapar, incluso si significaba abandonar a sus propios padres. Corrió hacia la puerta y la abrió de un tirón.
Instantáneamente, la luz del sol entró a raudales, bañándola en su resplandor como si la estuviera llamando hacia la luz.
Una sonrisa de alivio ante el peligro inminente comenzó a formarse en el rostro de Willow, pero se congeló cuando vio al hombre parado en la entrada. Sus ojos se llenaron de un horror interminable.
Una pequeña daga exquisitamente elaborada levantó suavemente el mentón de Willow, obligándola a retroceder. Mientras retrocedía, el hombre que sostenía la daga entró completamente en su campo de visión.
Vestido con un traje negro, su figura alta e imponente se veía acentuada por hombros anchos, una cintura estrecha y piernas largas.
Su expresión era severa, su rostro sin emociones, especialmente sus ojos, que emitían un aura heladora de alguien acostumbrado a la carnicería y la matanza en el campo de batalla. El hombre no era otro que Gael.
"¡Vuelve!"
El frío mandato de Gael, afilado como una bala, golpeó directamente el corazón de Willow.
Sus pupilas se dilataron; se giró rígidamente y retrocedió a regañadientes hacia donde estaban Sharon y George.
David, al presenciar esto, sintió cómo su corazón se hundía una vez más. La reacción instintiva de Willow había mostrado claramente su vínculo más cercano con George.
Mientras discutían, Kenneth miró hacia Lauren con agonía, sus piernas cedieron y se desplomó en el suelo, suplicando misericordia entre lágrimas,
"Laurie, lo siento mucho."
Lauren permaneció tranquila, en silencio. Su serenidad, más que cualquier enojo, llevó a Kenneth a la desesperación.
Su calma significaba que se había rendido por completo, ya no le importaba. Al darse cuenta de esto, sintió que su cuerpo se balanceaba inestablemente.
"Laurie, me redimiré. Te compensaré, incluso si quieres mi riñón, solo no me ignores, ¿por favor?" Kenneth suplicó, con lágrimas corriendo por su rostro.
Sin embargo, Lauren simplemente apartó la mirada, indiferente a sus súplicas desesperadas. No quería escuchar sus palabras sin sentido; al no mirarlo, sus palabras eran tan insignificantes como el aire para ella.

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