Lucas notó la herida en su frente, su mirada se llenó de preocupación.
—Estás herida. ¿Quién te hizo esto? Dímelo, haré que paguen.
Lauren miró con frialdad al suelo, en silencio. Los ojos de Lucas se entrecerraron, un destello peligroso brilló en ellos, pero para Lauren, su preocupación era ridícula. Él era quien dijo que la protegería, y él fue quien la envió a prisión.
Hace cinco años, ella tenía la esperanza con desesperación de que él se presentara en la corte como su abogado defensor, pero cuando llegó el juicio se presentó para defender a Willow. Sin expresión, expuso cada prueba condenatoria en su contra, cada palabra como una espada que la atravesaba, clavándola en el pilar de la vergüenza. Por su culpa, perdió su libertad, su dignidad, su educación, su futuro…
Una vez había confiado en él, y él la había apuñalado por la espalda. Esa traición casi le cuesta la vida. ¿Cómo podría volver a confiar en él? Si Kenneth era la persona a la que más temía, Lucas era a quien más despreciaba. Pasaron más de una década juntos, confiando el uno en el otro. ¿Cómo podía él tirar todo eso por la borda con tanta facilidad?
Envidió a Willow, quien también conocía a la Familia Bennett desde hace más de una década y, sin embargo, estuvieron dispuestos a sacrificar a su propia hija consanguínea por ella. No dejarían que Willow sufriera ni un poco. El rostro de Lucas estaba cargado de culpa mientras la veía permanecer distante e indiferente.
—Lauren, todavía estás enfadada conmigo, ¿verdad? No tenía elección en aquel entonces. ¿No puedes perdonarme? Te juro que nunca volveré a dejarte sufrir.
A Lauren no le interesaban sus excusas. Ella ya había sufrido por cosas que nunca le correspondieron. Ninguna explicación podría deshacer el daño. Su pierna nunca sanaría, su oído izquierdo tenía daño permanente. El riñón que le quitaron nunca volvería. Estas no eran solo cicatrices, eran hechos, grabados en sangre. ¿Cómo podría perdonar a quien le hizo esto?
Lauren intentó apartar su mano, pero Lucas se aferró demasiado fuerte. Al final, ella levantó la mirada hacia él. Sus ojos estaban fríos, congelados con un odio inquebrantable. La mirada en sus ojos casi le quitó el aire de los pulmones, como una mano invisible apretándole el pecho. Por un momento, sintió que se estaba ahogando en el odio y desapego de su mirada.
—Suéltame —dijo ella con voz gélida.
Por instinto, Lucas apretó el agarre y clavó la mirada en ella.
—Lauren, déjame llevarte a que te curen la herida, ¿de acuerdo?
Su voz era suave, casi suplicante. A Lauren solo le hizo crecer el asco.
—¿No me escuchaste? Dije que me sueltes.
No había calidez en su voz, solo una repulsión cruda. Era como si miles de agujas se clavaran en el corazón de Lucas. Sus labios temblaban, luchando por formar palabras.
—Lauren…
Su nombre transmitía todo el arrepentimiento y la desesperación que él no podía expresar con palabras. Él la estaba suplicando, rogando incluso por una pizca de piedad, pero todo lo que consiguió fue hacer que su odio se hiciera más profundo. Lauren había llegado a su límite, un destello de locura brilló en sus ojos.
De repente, echó la cabeza hacia atrás y luego la golpeó con fuerza contra la pared. La herida de la frente se abrió de golpe, brotó sangre y le chorreó por el rostro. Se volvió hacia Lucas, con el rostro ensangrentado con una calma inquietante, y con voz firme.
—¿Vas a dejarme ir o no?
Lucas se quedó paralizado, estupefacto por su acto autodestructivo.

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