Mia no había caminado mucho cuando lo sintió, el inconfundible sonido de pasos que la seguían.
«Soy blanco de un ataque. ¿Robo? ¿O algo peor? Mi plan original era regresar al campus, pero ahora una nueva idea está naciendo».
Fingió ignorancia, aunque su visión periférica escudriñó el área. Un destello de luz le llamó la atención, una cámara de vigilancia montada en una farola cercana.
«Perfecto».
Sus labios se curvaron. Se adentró en un callejón desprotegido, oscuro como las fauces de un depredador. Sacó su móvil, sus movimientos eran firmes, pero su voz fingida:
—¿Hola, policía? Estoy en el Callejón Rowen. Alguien me está siguiendo, y tengo miedo. Por favor, dense prisa…
Cuando volvió a entrar en la tenue luz de la calle, apareció su acosador. Una figura corpulenta se recortaba contra el pavimento iluminado por la luna. La sonrisa de Mia se volvió venenosa.
—Seguirme hasta aquí… ¿Te intereso?
El hombre se quedó paralizado, desconcertado por su audacia. Ella se acercó, con voz azucarada.
—Hay un motel más adelante… ¿Por qué no vamos juntos?
El hombre se quedó de piedra.
—¿Qué?
Sin esperar a que el hombre reaccionara, Mia rodeó con sus manos el cuello del hombre; sus labios rojos se acercaron y exhalaron como orquídeas.
—Señor, ¿cree que está bien?
Aunque el hombre sintió que el comportamiento de Mia era un poco extraño, el deseo se apoderó rápido de su mente, y no pensó mucho en ello. Su confusión se convirtió en lujuria en un instante.
—Parecías pura, pero solo eres una p*tita, ¿verdad?
—¿No te gusta eso?

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