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El camino de venganza de la heredera rota romance Capítulo 113

El corazón de Lauren retumbaba en su pecho. Apretó el tejido de su camisa con tanta fuerza que las uñas casi le perforaban la piel. La voz de Félix fue baja y firme.

—Mi prometida.

Cuando esas palabras salieron, el corazón de Lauren se aceleró, latiendo tan rápido que parecía que iba a salirle por la garganta. Se apretó más contra el pecho de Félix, y allí estaba; su fuerte y constante latido golpeando justo contra su mejilla, sincronizándose con el suyo, errático en una especie de ritmo extraño.

El aire a su alrededor cambió, de repente se llenó de tensión. Era como si todo hubiera dejado de moverse, incluso el sonido. Todo lo que quedaba era el ritmo agudo de sus respiraciones y el fuerte latido de sus corazones.

La expresión de Kenneth se congeló. Esa suave sonrisa suya se volvió rígida, pero siguió mirando a Lauren, escaneándola con más intensidad. Cuanto más la miraba, más convencido estaba de que era alguien a quien conocía. El sentimiento no lo dejaba ir. Al final, no pudo reprimirlo.

—Así que esta es la prometida del Señor Brooker. Un placer. Soy Kenneth.

Lauren se quedó paralizada, aferrándose a Félix. No se atrevió a hablar, ni siquiera a susurrar. Si lo hubiera hecho, Kenneth habría reconocido su voz al instante. Los ojos de Félix se entrecerraron, con un destello de peligro en ellos.

—Mi prometida no se encuentra bien. No podrá saludarlo, Señor Kenneth.

Sin perder el ritmo, deslizó un brazo por debajo de Lauren y la levantó sin esfuerzo en sus brazos. Ella, por instinto, rodeó su cuello y se aferró con fuerza a su pecho. Con un movimiento suave, Félix usó su mano libre para abrir la puerta del auto. Kenneth dio un paso adelante, tratando de ver quién era ella, pero Lauren mantuvo su rostro oculto, sin darle oportunidad de ver.

Un segundo después, Félix la dejó en el asiento trasero. Se inclinó hacia ella, con la parte superior del cuerpo flotando directo sobre ella. Ahora estaban muy cerca, tan cerca que podía sentir su respiración en su cuello, cálida y constante. Le dio una sacudida en el pecho y su corazón empezó a latir con fuerza de nuevo. Su rostro se sonrojó de calor. Sus grandes ojos estaban llenos de pánico y confusión. Félix se inclinó más y le susurró:

—No te preocupes. Te tengo.

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