Alice sintió como si hubiera caído en un abismo helado ante las despiadadas palabras de David. Las lágrimas brotaron de sus ojos, temblando en el borde antes de derramarse. Conteniendo los sollozos, suplicó:
—Lauren también es nuestra hija. ¿Cómo puedes ser tan cruel con ella? La perdiste cuando era solo una niña. Sufrió mucho. ¿No sientes ni un poco de culpa?
David soltó una risa fría, con una expresión de burla.
—¿Cruel? ¿Culpable? No lo olvides, fuiste tú quien borró esa grabación de vigilancia. Destruiste la única prueba de su inocencia. Si hablamos de crueldad, nunca podría igualarte.
Su voz rezumaba desprecio. Alice se estremeció, su rostro se torció de dolor mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.
—Lo hice por Willow. Solo era una niña, fue un accidente. No podía permitir que tuviera una carga tan pesada a una edad tan temprana…
Su voz era entrecortada por el dolor. David se burló:
—¿Y ahora me culpas a mí? Cometiste un error y, de alguna manera, ¿es culpa mía?
—No estaba pensando con claridad en aquel entonces, pero ¿cuál es tu excusa?
Al ver que Alice dudaba, Willow puso una expresión conmovedora y lastimera, con los ojos llenos de lágrimas. Se arrojó a los brazos de Alice, sollozando.
—Mamá, nunca quise lastimar a nadie. Si hubiera sabido cuánto dolor le causaría a Lauren, lo habría confesado todo en aquel entonces.
Su acto frágil y arrepentido ablandó a Alice. La ira desapareció de su rostro, cambió por una profunda tristeza. Acariciando el cabello de Willow, susurró:
—Cariño, nunca te culpé. Eres mi hija, conozco tu corazón mejor que nadie.
El rostro de Willow permaneció inocente, pero sus ojos brillaron con malicia.
«Qué tonta. Solo hace falta unas pocas lágrimas en el momento adecuado, y siempre cae en la trampa».

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