Jeffrey sentía que le debía una a Lauren, no les tenía miedo a sus palabras frías, pero verla tan lastimera, como si él la hubiera intimidado, lo incomodaba. Aunque su tono seguía siendo áspero, extendió la mano para agarrar el ramo de rosas de los brazos de Lauren, con la intención de tirarlas a la basura. Justo cuando su mano estaba a punto de tocar las flores, apareció alguien en la puerta.
—Parece que he venido en mal momento.
Jeffrey se quedó paralizado en medio de la acción, con la mano suspendida justo por encima del ramo. Se giró hacia la puerta, ahí había un hombre alto, erguido y delgado. Su traje de diseño le quedaba perfecto, y emanaba un aire de sofisticación y elegancia.
Los rasgos afilados del hombre estaban cincelados y definidos; sus ojos hundidos enmarcados por elegantes gafas con montura dorada. Su mirada, fría y penetrante, recorrió a los ocupantes de la habitación. El poderoso aura que desprendía hacía que el aire se sintiera pesado, atrayendo la atención sin decir una palabra.
—¿Quién eres? —preguntó Jeffrey, frunciendo el ceño.
Félix no respondió de inmediato. Su mirada pasó de Jeffrey a Lauren. Cuando notó que Lauren sostenía un gran ramo de rosas rojas, con los ojos brillantes de lágrimas, entrecerró un poco los suyos.
«Tanta emoción… ¿Solo por un ramo de flores?».
Félix entró en la habitación y se dirigió hacia Lauren. Le quitó las rosas de los brazos y las dejó a un lado sobre la mesa cercana.
—Debes tener hambre. La abuela lo hizo, pruébalo —dijo.
Colocó un termo sobre la mesa. Jeffrey, a quien habían ignorado por completo, sintió una oleada de irritación.
«¿Quién se cree que es este tipo? ¡Actuando como si fuera superior a todos!».
Jeffrey examinó a Félix de la cabeza a los pies, impresionado por la presencia dominante del hombre, pero como niño rico, Jeffrey se negó a ceder. Enderezó los hombros, levantó la barbilla e hizo todo lo posible por proyectar su propia aura de dominio. Félix no le hizo caso.
Con calma, desempaquetó el termo, colocando cada plato sobre la mesa antes de sentarse junto a la ventana. Lauren tenía hambre, en efecto, pero con Jeffrey todavía en la habitación, se sentía demasiado nerviosa para comer. Su rostro estaba pálido y sus ojos delataban su inquietud cuando preguntó:
—Jeffrey, ¿qué haces aquí?
En un principio, Jeffrey había esperado que ella estuviera agradecida, conmovida hasta las lágrimas, incluso, cuando apareció con flores para visitarla. En cambio, no solo fue desagradecida, sino que lo miró como si fuera un fantasma. A juzgar por su tono, parecía que no tenía ningún deseo de verlo. Jeffrey sintió que su orgullo se resentía y su irritación estalló. Su tono se volvió agudo.
—¿No puedo solo pasar para ver cómo estás?

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