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El Baile de Despedida del Cisne Cojo romance Capítulo 708

El timbre que anunciaba la sesión de estudio vespertina rompió la quietud del crepúsculo grisáceo.

Estefanía se sobresaltó por el sonido y saltó rápidamente de los brazos de Benicio. Se secó las lágrimas de la cara mientras corría.

—Ya van a empezar las clases.

Benicio observó su espalda mientras se alejaba. Se llevó la mano al pecho, justo donde las lágrimas de ella habían mojado su camisa, y una sonrisa de resignación y ligera amargura apareció en su rostro.

«¿Qué debo hacer? ¿Aferrarme a ti o dejarte ir?»

Estefanía corrió apresurada hacia el salón de clases.

Al sacar los libros de su pupitre, su mirada se vio atraída una vez más por el brillo en su muñeca.

No sabía por qué, pero esa fina cadenita parecía pesar toneladas, como si hubiera corrido todo el camino con un lastre en el brazo.

Benicio había dicho que el broche tenía su nombre grabado.

Giró el cierre y, efectivamente, vio una línea de letras minúsculas: *Fani*.

Se quedó absorta mirando esas letras.

Dos mundos, dos vidas, y Benicio nunca la había llamado con tanta intimidad. «Fani» era un apodo que solo usaban sus personas más cercanas, no Benicio. Él siempre la llamaba por su nombre completo: Estefanía. Y lo hacía de manera formal, meticulosa, sin un ápice de romanticismo.

Claro, ella hacía lo mismo; siempre lo llamaba por su nombre de pila: Benicio.

***

A la mañana siguiente, fue a la cafetería a desayunar con Delfina. Era la hora pico y casi todas las mesas estaban ocupadas.

—Mira, ahí están —dijo Delfina señalando una mesa—. Vamos a asustarlos.

Se refería a la mesa donde estaban Benicio e Iván. Era una mesa para cuatro y justo quedaban dos lugares vacíos.

Delfina la jaló y se acercaron de puntitas hacia ellos.

La cafetería estaba llena de gente yendo y viniendo, muy ruidosa. Ellos no notaron que se acercaban. Iván estaba hablando con mucho entusiasmo.

—Si arman el equipo o no, es decisión tuya y de Agustín.

—¿Qué? Escúchate, ¿qué estás diciendo? ¡Agustín y yo no somos los capitanes! ¿Acaso vas a dejar la capitanía?

Benicio lo pensó un momento.

—Puedo seguir siendo el capitán, pero en todo lo que tenga que ver con el Liceo Libertador Simón Bolívar, yo me retiro.

—Pero, ¿por qué? —Iván estaba a punto de volverse loco—. ¿Esos tipos te hicieron algo?

Benicio no respondió.

—¡Habla, por favor! Ayer hasta presumí que los invitaría a comer a tu restaurante. ¿Y ahora cómo le hago?

—Pueden ir —dijo Benicio—. Tú y Agustín encárguense de atenderlos, pongan la cuenta a nombre del negocio.

—No es eso. —Iván ya no aguantaba—. Tienes que decirme por qué, jefe. No es que me muera por juntarme con los del Simón Bolívar; Agustín y yo estamos firmes contigo. Si tienes broncas con ellos, ¿crees que nosotros vamos a andar de amigos? ¡Ni de chiste!

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