En la mansión.
Román acababa de salir de la ducha y se acercó a la ventana con la intención de cerrar las cortinas, pero entonces notó un carro negro estacionado no muy lejos de la puerta de su casa, apagado.
Miró el vehículo con suspicacia un momento antes de finalmente cerrar las cortinas.
Sintiéndose algo sediento, Román salió de su habitación, bajó las escaleras y tomó una botella de agua del refrigerador para beber.
Jaime aún estaba en la sala viendo la televisión. Román se acercó y, después de sentarse en el sofá, preguntó: “Ya es tarde, ¿por qué no vas a ver la tele en tu habitación, papá?”
Jaime levantó la vista hacia Román y respondió: “Tu hermana todavía no ha vuelto a casa.”
Sorprendido, Román contestó: “¿Cómo que mi hermana todavía no ha vuelto? Siempre pensé que era una ratona de biblioteca que, después de cenar, se encerraba en su habitación a leer. Siempre está leyendo y nunca quiere salir a pasear. Y si sale, nunca vuelve después de las diez. Siempre se ha comportado de manera ejemplar.”
“Sí, le llamé hace un rato y no contestó. No sé qué estará haciendo.” Jaime suspiró ligeramente.
Su hija le había dejado una nota diciendo que podría volver tarde, pero desde entonces no había tenido noticias.
Román se palmeó el bolsillo, recordando que había dejado su teléfono arriba. “Voy a subir por mi móvil.”
Dicho esto, subió corriendo las escaleras.
Con el móvil en mano, llamó a Donia, pero tal como esperaba, la llamada sonó varias veces sin respuesta.
Frunciendo el ceño, Román volvió a abrir las cortinas y salió al balcón. De nuevo, vio el carro negro estacionado afuera.
¿Quién habría dejado su carro frente a su casa?
Román echó un vistazo más y, sin darle mayor importancia, se apoyó en la barandilla del balcón y le envió varios mensajes a su hermana por WhatsApp.
Cinco minutos después, seguía sin recibir respuesta.

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