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Dominio Absoluto romance Capítulo 192

Álex caminó por el pasillo hacia el salón VIP. No necesitaba mirar atrás para sentir la tensión: guardaespaldas ocultos tras las paredes, vigilando cada salida y ventana. Con un rápido barrido mental percibió sus auras marciales, todas con habilidades muy superiores a las de un matón común.

"Así que Raymond quiere impresionar", pensó con una sonrisa irónica. "No importa". Abrió la puerta y entró.

—Raymond —dijo sin preámbulos—, me dijiste que habías conseguido una raíz de ginseng silvestre americano de quinientos años. Vine por ella. ¿Dónde está?

Raymond, elegante en su traje a medida, se acomodaba en el sillón como si fuera dueño del mundo.

—Qué impaciente —bromeó, aplaudiendo una vez.

Un guardia entró con una caja de madera pulida. Raymond la colocó despacio en la mesa, abriendo la tapa con movimientos teatrales.

Dentro había una raíz amarillo oscuro del tamaño de una mano, con filamentos largos que se curvaban sobre sí mismos. Al verla, Álex la miró como si hubiera encontrado oro.

—Eso es... cinco siglos de raíz de ginseng pura —murmuró, acercándose para examinarla. Podía sentir la energía que irradiaba de su forma retorcida.

—¿Qué tal esa calidad? —preguntó Raymond con una sonrisa sedosa—. ¿Satisfecho?

—Muy bueno. —Álex extendió la mano hacia la raíz sin dudar.

¡Clac! La tapa le aplastó los dedos.

—Oye —dijo Raymond, su sonrisa volviéndose fría—. ¿Cuál es la prisa? Siéntate. Hablemos primero.

Álex retiró la mano con los ojos entornados. —¿De qué se trata esto? Acordamos que entregarías el ginseng para saldar tu deuda.

Raymond se encogió de hombros con aire casual.

—Sí te curé antes, y te di ese hotel elegante, ¿verdad? Digamos que esta raíz preciosa solo se cambia por algo de igual valor. Tu fórmula de la Píldora Panacea, por ejemplo.

—Ese no era el trato. Dijimos que me deberías la raíz de ginseng y punto. —replicó Álex con voz fría.

La sonrisa de Raymond se volvió fría y calculadora.

—La memoria es curiosa, ¿no? Escucha, no soy tacaño. Te doy otros cincuenta millones en efectivo... solo dame la fórmula. Nunca tendrás que trabajar otra vez.

—¿Crees que necesito tu dinero? —Álex soltó una risa despectiva—. No vendo esa fórmula, mucho menos a una serpiente que no cumple su palabra.

—¿Serpiente, eh? —Raymond golpeó la caja con un dedo, dejando clara su amenaza.

—Llámame como quieras, pero yo decido si sales de aquí con tu raíz... o como cadáver.

Álex lo miró con ira. —Escucha bien, Raymond. Por el bien de Lyra, no quiero problemas. Pero si tratas de engañarme...

Raymond dejó escapar un gesto de impaciencia. —¿Y si no te la doy? ¿Entonces qué, héroe? ¿Vas a tomarla a la fuerza?

—Exactamente —dijo Álex con calma—. Me la debes por salvarte la vida.

La risa de Raymond sonó cruel. —Inténtalo. Llevo décadas practicando artes marciales, y tengo treinta hombres afuera que estarían felices de romperte los huesos. Adelante, hazlo.

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