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Dominio Absoluto romance Capítulo 178

Dos soldados de Lydia se abalanzaron sobre Álex en un movimiento sincronizado, cada uno intentaba desequilibrarlo con una patada fuerte dirigida a su rodilla.

Los golpes impactaron, pero Álex no se movió ni un centímetro. Para ellos, fue como si sus piernas hubieran chocado con un bloque de hierro macizo. Por lo que, un soldado soltó un grito ahogado mientras se desplomaba al suelo, agarrando su espinilla destrozada. El otro cayó a su lado, aullando de agonía.

—¡T-tú monstruo! —gruñó otro soldado, apuntando su arma a la cabeza de Álex.

Varios más hicieron lo mismo, formando un círculo de cañones apuntándolo directamente.

De repente, uno de los hombres que había estado apuntando a Álex, apartó el rifle de su objetivo, y sin previo aviso, apretó el gatillo, dos veces, volando las cabezas de dos de sus propios compañeros en un espantoso rociado explosivo.

—¿Qué demonios acaba de pasar? —gritó alguien, horrorizado.

—¡No—no lo sé! —gritó el tirador, con los ojos desorbitados por el pánico— ¡Mi mano... se movió sola!

—¡Suelta ese maldito rifle! —gruñó otro soldado, con la voz temblorosa.

En el momento en que el tirador arrojó su rifle, sacó bruscamente un cuchillo de caza del cinturón y se abalanzó sobre el compañero más cercano, apuñalándolo con ferocidad.

—¡Alto! —gritaron los compañeros.

Un soldado disparó su pistola desesperadamente, la bala atravesó el pecho del atacante.

El atacante se desplomó, pero en un giro grotesco, su cuerpo siguió moviéndose, como un títere sin mente, clavando la hoja profundamente en el soldado que había derribado.

—¡Dispárenle otra vez! —gritó alguien más, con voz aguda por el terror— ¡No cae!

Varios rifles dispararon a la vez. Las balas destrozaron el torso del atacante hasta que finalmente, se desplomó sin vida.

Mientras los soldados se tambaleaban por la escena de pesadilla, Álex permaneció de pie, con una tenue y escalofriante sonrisa en la comisura de los labios. Sin que ellos lo supieran, él tenía control total sobre todos los que estaban alrededor de cincuenta metros, con su energía interna, era como un titiritero invisible tirando de los hilos.

En medio de la carnicería, Lydia, la jefa de seguridad de la familia Kingston, observó las muertes con el horror grabado en su rostro. Nunca había visto algo así. Todo su escuadrón formado por soldados entrenados y de confianza, se volvieron unos contra otros, por lo que la mayoría habían sido masacrados en unos segundos.

Un solitario soldado convertido en títere, acribillado a balazos pero aun retorciéndose, se tambaleó frente a Lydia. La mitad de su cabeza había sido volada, sin embargo, cargó hacia adelante con un cuchillo en alto.

—¡Atrás! —gritó Lydia, vaciando todo el cargador contra la espantosa figura.

Diez balas atravesaron lo poco que quedaba de su cráneo, causando que tropezara, pero de algún modo seguía avanzando, emitiendo un gemido gutural mientras intentaba clavarle el cuchillo.

—¡Maldito! —rugió Lydia, desenvainando por fin la reluciente espada que llevaba en la cintura.

Un único tajo rápido como un rayo, le cercenó los brazos al títere, otro corte le amputó ambas piernas a la altura de las rodillas. El cadáver se desplomó en un montón destrozado, temblando una última vez antes de quedarse quieto.

Lydia permaneció jadeando, rodeada por los caídos.

Su propia gente, su escuadrón, otrora el orgullo de la familia Kingston, yacía muerta. Su pecho subía y bajaba con respiraciones entrecortadas, la furia ardía en sus ojos.

—Tienes que morir —le espetó a Álex.

Lydia se abalanzó sobre él con la espada en alto. Con expresión serena, Álex esquivó su espada en el último segundo y le impactó el puño en el abdomen. La fuerza lanzó a Lydia hacia atrás, hasta estrellarse contra un árbol con un golpe sordo y repugnante.

A pesar de las costillas rotas y el dolor que recorría su cuerpo, Lydia se negó a rendirse. Intentó levantarse, solo para que Álex se moviera como un rayo y le agarrara la garganta, levantándola del suelo. Lydia se estaba ahogando, con los pies colgando inútilmente, podía sentir cómo la vida se le escapaba mientras sus pulmones ardían por falta de aire.

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