Florence y Jack fulminaban con la mirada junto a la ventana, rebosantes de un desdén venenoso mientras maldecían Álex.
— Lo juro por Dios, — silbó Jack, golpeando la mesa con la palma — el mundo se ha vuelto loco si ese incompetente inútil es dueño de este hotel.
Florence se inclinó hacia adelante con una mirada viciosa, con sus palabras cargadas de veneno — Exacto. Ese parásito vive de la bondad de Jasmine. Sin su lástima, estaría en la calle, revolcándose en su propia miseria.
Jack soltó una risa baja y sin humor, los ojos llenos de envidia.
— Probablemente gateó de rodillas, rogando como un perro callejero para poner este lugar a su nombre. Y ni hablemos de su papel de prostituto. Si quisiera rebajarme tanto, lo destruiría. Al menos tengo algo de dignidad.
Florence se burló —¡Ja! No te hagas ilusiones, Jack. Nadie puede hundirse al nivel de Álex. Es el campeón de los gorrones. En cambio, Charles… ahí hay un hombre de verdad: joven, astuto, refinado. Él si no tuvo que vender su alma para triunfar.
Jack asintió tan bruscamente que parecía que la cabeza se le iba a caer.
—¿Verdad? Si ese timador sinvergüenza no se hubiera metido en la vida de Jasmine, Charles ya gobernaría Vancouver.
— Exacto — coincidió Florence, con voz cargada de desdén, lanzando una mirada de aprobación a Charles.
— De verdad, Charles, estás en la edad perfecta para casarte. ¿Por qué no te estableces con Sofía? Podrían tener un bebé, y Alfred Kingston probablemente te recibiría con alfombra roja. Será el hombre más poderoso de Vancouver.
— Mamá, ¿hablas en serio? — casi gruñó Sofía, lanzándole una mirada asesina — Esta conversación no tiene ningún sentido.
Florence alzó las manos con dramatismo — Solo es una dosis de realidad, cariño. Cásate con Charles, dale un heredero y verás cómo se convierte en el nuevo rey. Es matemática básica.
Sofía abrió la boca para replicar, pero Charles alzó una mano con suavidad — Basta, no dejemos que la comida se enfríe. Relájense y disfruten.
Sus palabras surtieron efecto, al menos momentáneamente. Florence y Jack se atiborraron de comida, pausando sus comentarios airados.
Poco después, Florence se limpió los labios con delicadeza — Jack y yo tenemos asuntos que discutir. Los dejaremos... solos — Le lanzó a Jack una mirada elocuente.
— Ajá — le dijo Jack levantándose de golpe.
Se escabulleron sonriendo, como si hubieran colgado un cartel de “No molestar”.
Cuando se hubieron ido, Charles se inclinó hacia Sofía — De verdad lamento el lío de la asociación Lancaster-Kingston. Sé que causó mucho revuelo. Déjame compensártelo.
Sofía suspiró, con cansancio en la mirada — Es agua pasada, y ya lo solucionaste. No toques más ese asunto.
Charles esbozó una sonrisa falsa — Me alegra oírlo. Por cierto, ¿antes eras modelo? Era tu admirador. Y como dijo tu madre, todo cobra sentido.
—¿Qué cosa? — le preguntó Sofía.
— El matrimonio y el bebé — le dijo Charles riendo — Quizá si hago eso, mi padre por fin me reconocerá.
Sofía buscó cambiar de tema.
— Eh... discúlpeme, necesito ir al baño — prácticamente huyó de la mesa.
Charles la siguió con la mirada, con sus ojos llenos de intención depredadora.
En cuanto desapareció, Charles sacó un pequeño sobre de polvo blanco del bolsillo, lo vació en su vino y lo agitó con displicencia.
Todo el gesto desprendía una satisfacción arrogante.
A unas mesas de distancia, Álex permanecía discretamente cuando un camarero se le acercó.
— Señor, como me indicó, he estado vigilando a ese invitado — murmuró el camarero — Acabo de verlo con la Srta. Sofía... Le puso algo en su bebida.
La expresión de Álex se endureció —¿Estás completamente seguro?
El camarero asintió con la cabeza, con ansiedad en la voz — Tan claro como el día.
Lyra, sentada junto a Álex, entrecerró los ojos —¿Hay algún problema?
Álex se puso de pie, con expresión sombría — Necesito intervenir. Ustedes sigan sin mí.
En ese preciso momento, Sofía regresó del baño.
Charles le pasó al instante el vino adulterado, con una sonrisa falsamente cálida — Sofía, por un nuevo comienzo. Salud.

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