Elena sacó un frasco de pastillas de su bolso.
Era la medicación para dormir que le habían recetado después de perder la memoria, debido a sus severos problemas de insomnio.
Sabía que no era bueno depender de ellas, por lo que, cuando lograba conciliar el sueño de manera natural, evitaba tomarlas.
Así, poco a poco, había logrado acumular un frasco casi entero.
Se sirvió un vaso con agua, estrechó la foto de Julián contra su pecho y murmuró entre sollozos:
—Julián, perdóname, te he fallado. Pero ahora iré a hacerte compañía.
Sin titubear, Elena se metió un puñado de pastillas a la boca y se las tragó con ayuda del agua, vaciando el frasco.
Se recostó en la cama, presionando la fotografía contra su mejilla.
Las lágrimas seguían resbalando suavemente por su rostro.
Cuando no recordaba su pasado, llegó a amar a Gustavo.
Pero ahora que tenía sus recuerdos intactos, en su corazón solo había espacio para Julián.
—Gustavo, perdóname. Adiós para siempre.
A fin de cuentas, su destino siempre fue regresar con su Julián.
Ese hombre que había entregado su vida por ella en las gélidas montañas nevadas.
En vida, le había fallado; en la muerte, iría a su encuentro.
Había decidido que su último suspiro fuera en la Villa Solís.
En vida, perteneció a esta casa; en la muerte, su alma se quedaría aquí.
Aquellos años con los Noriega no habían sido más que un paréntesis en su existencia.
Al tratarse de la habitación principal, el servicio no se atrevía a entrar a molestar sin motivo.
Por consiguiente, nadie notó que Elena había consumido las pastillas.
Javier había pasado el día entero buscando a Adriana. Ante la imposibilidad de contactarla, se había dedicado a indagar por todas partes para averiguar dónde vivía Arturo.
Incluso intentó llamar al propio Arturo, pero este jamás contestó.
A lo largo de la tarde, Javier se había comunicado con Fernando, pidiéndole que usara su influencia corporativa para obligar a Arturo a salir de su escondite.
No obstante, desde su regreso, Arturo se había mostrado completamente apático ante los asuntos del Grupo Serrano, desentendiéndose de los negocios. Incluso le había delegado a Andrés los proyectos que él mismo había traído del extranjero.
Contra alguien a quien ya no le importaban los negocios, ninguna presión corporativa surtiría efecto.

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