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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 919

—¿Y nosotros qué?

Lisandro no pudo evitar preguntar con ansiedad.

No quería separarse de su mamá. Si por él fuera, preferiría quedarse pegado a ella todo el tiempo, en vez de estar ahora atrapado con su hermana en ese cuartito.

Joana intentó tranquilizarlo:

—Tú haz caso y deja que te revisen, la salud es lo más importante.

—Pero mi cuerpo... ¡Ay!

Dafne le dio un buen pellizco a Lisandro en la cintura y él soltó un grito de dolor.

Lo que iba a decir se le quedó atorado en la garganta.

—¿Qué le pasa a tu cuerpo?

Joana preguntó con inquietud.

A un lado, Arturo presenció todo el espectáculo y no pudo ocultar una sonrisa en los labios.

Por lo que veía, aquellos dos traviesos estaban ocultándole algo a Joana.

Seguramente Lisandro no tenía nada grave. Todo era cosa de sus ideas.

Lisandro y Dafne se miraron y enseguida captaron la situación.

Él agitó las manos, nervioso:

—Mamá, en serio, no tengo nada, tú ve a hacer tus cosas. Yo me quedaré con la tía y me portaré bien durante el chequeo.

—¿Seguro?

Joana tenía una extraña sensación, pero no sabía decir por qué.

—¡Claro que sí! —dijo Lisandro, sacando pecho como si fuera todo un valiente, dándose un par de golpes en el pecho—. Yo puedo, mamá, soy todo un hombrecito.

En cuanto terminó, se dio la vuelta y tosió para disimular.

Luego, fingiendo fortaleza, le sonrió a Joana con los labios apretados:

—Mamá, de verdad, puedo con esto, soy todo un hombre.

Dafne solo pudo quedarse callada.

A ella su hermano le daba pena ajena. ¿Qué hacía si no quería admitir que lo conocía?

Joana apenas pudo contener una mueca:

—Bueno, está bien. Entonces cuídate.

...

En el otro extremo del hospital, frente a la sala de emergencias.

Fabián y Renata esperaban afuera, angustiados.

Renata no dejaba de caminar de un lado a otro, murmurando:

—Ay Dios, ¿y ahora qué vamos a hacer? ¿Por qué tuvo que acabar en la sala de urgencias?

—Imagínate que le pase algo a mi primer nieto, ¿cómo lo vamos a soportar?

—¡Es una vida lo que está en juego!

Fabián se quedó en silencio.

Ya estaba bastante preocupado y, para colmo, Renata no paraba de decir esas cosas, como si quisiera atormentarlo todavía más.

Fabián se frotó las sienes, sintiendo que la angustia lo estaba rebasando.

Y Renata seguía, ahora descargando la culpa sobre Fabián:

—La verdad, tú también tienes lo tuyo. Ella te lo pidió casi de rodillas y ni así la trajiste antes al hospital.

—Si la hubieras traído a tiempo, tal vez nada de esto habría pasado. ¡Y mira que teníamos el hospital justo aquí al lado! ¿No habría sido mucho más sencillo?

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