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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 917

¡Esto sí que es descaro, y nada menos que frente al señor Zambrano!

Bueno, mejor que Ezequiel le encienda una vela a Tatiana en silencio.

Que en paz descanse.

Joana y Arturo, al igual que si fueran uno solo, endurecieron la mirada en sincronía.

Antes de que ella pudiera decir algo, Arturo se adelantó:

—¿Qué, la escuela te dejó fuera de la educación básica o qué? Si tu cabeza no te da para pensar, deberías lavártela más seguido. Cuando dices esas cosas, ¿de verdad las piensas antes? No se te olvide que todo lo que tienes ahora lo robaste, y un ladrón debería comportarse como tal.

¡Eso! ¡Perfecto!

Ezequiel, por dentro, ya estaba aplaudiendo a su jefe —plaf, plaf, plaf—.

Así es como se hace. El jefe es el jefe: cuando habla, deja a todos callados.

Ese tono y esa fuerza en las palabras, él mismo tendría que estudiarlas diez años más.

Cada frase de Arturo hacía que Tatiana se pusiera más pálida.

Agarró con más fuerza el brazo de Fabián, casi sin darse cuenta.

Fabián frunció el ceño; notó que algo raro pasaba con Tatiana.

—¿Robado?

Fabián preguntó despacio, mirando a Tatiana con duda.

Ella se descompuso todavía más, los labios se le pusieron sin color.

Cuando Fabián la miró, Tatiana evitó su mirada y, de repente, se llevó la mano al vientre, haciendo una mueca de dolor.

—Me duele… me duele mucho el estómago...

Tatiana apretó los dientes, y se fue resbalando hasta quedar de rodillas, sujetándose de Fabián.

Pero nadie se movió.

Incluso Lisandro, incapaz de contenerse, soltó una frase con tono irónico:

—Mamá, ayer cuando la señorita Tatiana me empujó, también puso esa misma cara de dolor, pero hoy que no me empujó, ¿por qué se pone igual?

El tono alarmado del doctor hizo que Fabián entendiera que Tatiana no estaba fingiendo.

Sus ojos se llenaron de preocupación.

Sin pensarlo, se agachó y levantó a Tatiana, siguiendo al doctor hasta la sala de emergencias.

Todos los demás se quedaron en el pasillo, mirándose entre sí. Ezequiel se tocó la nariz, incómodo, y murmuró:

—Con razón, no estaba fingiendo... qué susto.

El silencio reinaba.

Incluso Lisandro no abrió la boca esta vez; solo se aferró nervioso a la ropa de Joana, como si no supiera qué hacer.

¿Y si, por lo que él dijo, Tatiana no recibía la atención a tiempo?

La mirada de Lisandro se perdió, confundido.

No entendía cómo esta vez podía ser cierto.

Si siempre había usado esos trucos para engañar a todos, ¿por qué ahora era diferente?

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