—Dafne, ya te dije que vamos a subirnos a los juegos, ¿no? —dijo Joana, pasándole la mano por el cabello con un gesto de consuelo.
Sin embargo, la niña no lograba sacudirse la culpa que cargaba.
—Mamá, perdóname... —susurró Dafne.
Joana se detuvo un momento, su expresión se tornó reflexiva. Entendía perfectamente a qué se refería su hija. Aunque no tenía intención de castigarla, el sabor amargo del engaño seguía ahí. No era agradable que te mintieran para manipularte.
—Ya pasó, no te preocupes —respondió Joana con un tono neutro, como si la traición no le hubiera dolido en absoluto.
Ver a su madre tan tranquila asustó más a Dafne. Tenía pavor de perderla, de que Joana guardara rencor y se alejara para siempre.
—Mamá, de verdad no fue con mala intención. Es que te extrañaba tanto que se me hizo fácil mentir. Por favor, perdóname —la voz de la niña se quebraba con cada palabra—. Te prometo que no lo vuelvo a hacer, en serio, solo quería verte.
Al escucharla, Joana sintió una oleada de emociones contradictorias. Miró la cabecita de Dafne y suspiró para sus adentros. ¿Por qué los seres humanos, grandes o chicos, siempre valoran las cosas hasta que las pierden? ¿Creían de verdad que con un "perdón" todo se borraba? Las heridas quedan, aunque la cicatriz cierre.
Lisandro, al ver que su madre no decía nada, decidió intervenir para defender a su hermana.
—Mamá, ya no te enojes. Mi hermana ya entendió que la regó. No lo hicimos por maldad —dijo el niño, y luego, con un gesto de valentía, añadió—: Mamá, si sigues enojada, pégame a mí. Fue mi culpa por no detenerla, soy un inútil.

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