Joana se quedó callada de golpe. Lo sabía, ese zorro viejo no daba paso sin huarache. Se preguntaba cuál era la trampa detrás de la llamada y ahí estaba: la quería allí. Fabián no sabía guardar sus intenciones.
—No, gracias —dijo Joana con una risa falsa—. Ya que por fin te dignaste a sacarlos, no quiero arruinar el momento.
Recalcó el "por fin" con veneno, dejando claro que sabía que él nunca se ocupaba de ellos y que todo aquello era puro teatro. Fabián captó la indirecta, pero no le importó.
—Joana, por favor, no tenemos que llevarnos así —insistió con tono conciliador—. Además, no es idea mía, los niños lo pidieron.
Dicho esto, le pasó el celular a Dafne y le hizo una seña con los ojos. Era el momento de que la niña recitara el guion que habían practicado antes de salir. Dafne apretó los labios, dudosa, pero al ver la mirada alentadora de su padre, tomó valor.
Últimamente, su papá le prestaba una atención que nunca había tenido, y Dafne, sedienta de cariño, estaba dispuesta a todo para mantener esa conexión. Quería la atención de Fabián y el amor de Joana al mismo tiempo.
—Mami... mi hermano, papá y yo casi nunca salimos así. De verdad queremos que vengas —empezó a decir, y su voz se quebró hasta terminar en llanto—. Mami, aquí en el parque todos los niños tienen a sus papás juntos. ¿Por qué yo tengo que elegir? ¿Por qué es uno o el otro y no los dos?

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