Al escuchar la explicación, Dafne sintió que una pieza del rompecabezas encajaba en su lugar. Aquella pregunta que los atormentaba por fin tenía respuesta. No era que su papá fuera malo por naturaleza, había una razón médica detrás de su cambio tan drástico.
Lisandro, por su parte, sintió una punzada de culpa inmediata.
—Papá, la verdad es que si me hubieras dicho eso antes, no me habría peleado tanto contigo —dijo bajando la cabeza, visiblemente arrepentido.
Al ver la reacción del niño, un destello de astucia cruzó por los ojos de Fabián. Se dio cuenta de que su estrategia anterior había sido errónea. La clave para recuperar su vida —o al menos el control de ella— estaba en ganarse a estos dos niños. Los pequeños son inocentes y fáciles de manipular; si quería saber algo, ellos se lo dirían sin filtros.
Fabián extendió la mano y les revolvió el cabello a ambos.
—Ya, no se preocupen. Vayan a descansar. Cuando tenga tiempo libre los llevaré a pasear. Les aseguro que voy a recuperar la memoria y volveré a ser el papá que tanto querían.
Los ojos de los niños brillaron con ilusión. ¿Quién no desea el amor de su padre? Aunque su mamá y él estuvieran separados, y aunque Joana fuera maravillosa con ellos, la realidad es que llevaban el apellido Rivas. Como bien decía su madre, por más que quisieran, no podían vivir con ella en este momento.
Sabían que su mamá luchaba mucho y no querían ser una carga más. Eran muy pequeños y dependían de su padre para subsistir. Si él los trataba mal, ¿qué sería de ellos? Su abuelo vivía en Ciudad Beltramo, demasiado lejos para ayudarlos en una emergencia.
Dafne reaccionó primero:
—¡Entonces tú también descansa, papá! Esperamos con ansias que te mejores.

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