Fabián hablaba con un tono ni frío ni caliente.
No era entusiasta, pero mantenía una cortesía básica.
Desde que se enteró de que Renata le había estado mintiendo, su mente había comenzado a trabajar.
Parecía que, a veces, sentía cierto resentimiento hacia ella.
Pero, por las apariencias, Fabián creía que aún debía hacer un esfuerzo.
Después de todo, Renata seguía siendo su madre.
—Fabián, ¿cuándo van a volver esos dos niños? —preguntó Renata.
Al decir esto, la ansiedad era evidente en sus ojos.
—Últimamente, los niños han estado con Joana, ¿no les pasará nada malo?
Renata estaba muy preocupada por eso.
Además, con los niños quedándose con Joana, quién sabe cómo los estaría educando.
Renata temía que, cuando los niños volvieran, ya no la reconocieran.
Solo pensar en eso le quitaba el sueño.
Sobre todo su nieto adorado, ¡Joana no podía corromperlo!
Fabián se masajeó las sienes.
—Tranquila, mamá, ya tengo un plan para eso.
Renata lo miró con expectación.
—¿De verdad tienes un plan? Ahora que los dos pequeños están con Joana, ¿y si los educa mal?
Al oír eso, Fabián se quedó sin palabras.
Estaba un poco harto.
Entonces, ¿qué clase de persona era Joana a los ojos de ella y de Tatiana?
¿Quién de las dos decía la verdad?
Renata insistió una vez más:
—Fabián, no te confundas. A estas alturas, ¿todavía no te das cuenta de cómo es Joana en realidad?
Al oírlo, Fabián pensó en los acontecimientos recientes.
Parecía que Tatiana no era tan mala como decían.
Al contrario, a los dos niños les caía muy bien.
¿Sería que antes había juzgado mal a Joana?
—Sí, antes no eran así. Antes, los señores y las señoras nos daban una bienvenida muy cálida.
Lisandro tenía razón.
Como eran los hijos de Joana, todos los trataban con especial cariño.
Además, la belleza de los dos pequeños era innegable.
Por eso, a todos les gustaba jugar con ellos.
Incluso cuando tenían algún bocadillo, siempre se acordaban de compartirlo con ellos.
Al escuchar a los dos pequeños, Joana también sintió que algo no estaba bien.
Pero aún no había revisado sus mensajes, así que no sabía qué había pasado.
Mientras Joana intentaba entender la situación, alguien llamó a la puerta de su oficina.
Joana dijo "adelante", y Paulina entró.
Al verla, Joana se dirigió a los dos pequeños:
—Vayan a jugar afuera un rato. Tengo que hablar con la señorita Paulina.
—De acuerdo, mamá —respondieron los dos al unísono.
Al pasar junto a Paulina, ella les acarició sus suaves cabezas, sintiendo la agradable textura bajo su mano.

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